viernes, 18 de diciembre de 2009

BLACK CUBAN GROOVE



Vista de la exposición
Obras de Andrés Montalván
Cortesía Antonio Sánchez Marín

Lo que habitualmente es considerado desde hace más de treinta años como el Nuevo Arte Cubano, y que hoy día se despliega por las fronteras de la Isla (dentro/fuera); ha cambiado de lógicas una y otra vez con tal de travestirse, metamorfosearse, disfrazarse y “estar al día” con el contexto internacional, mientras como curiosidad metodológica pretende no traicionar las propias reglas del juego internas de las definiciones de “lo cubano” como paradigma. Es decir, por decirlo en pocas palabras, desde que la Bienal de La Habana comenzó a abrir las puertas del país hacia una internacionalización de nuestra visualidad, la misma (nuestra visualidad) ha intentado “mantenerse al día” en cuanto a tendencias morfológico-conceptuales con escena internacional, pero sin perder del todo los signos que dibujan un “arraigado sentimiento nacional”, a estas alturas del siglo XXI, fruto de algo más de un centenar de años independizados, y medio siglo bajo la tutela de un proceso populista de carácter -supuestamente- social, conocido como la Revolución Cubana (por su benefactores) y el Régimen Castrista (por sus detractores). En medio de esta operación binaria y algo maniquea de “conmigo y/o contra mí”, “dentro y/o fuera”, la Cultura Negra Cubana ha tomado igualmente caminos de esquivaciones misteriosas con tal de sobrevivir a las imposiciones ideológicas o la politización y la militarización de nuestra vida cotidiana. Devenida ahora en una cultura nacida con un hálito marginal, pero… “criollizada de-y-hacia una jerga culturizada”, tramposamente elocuente, obvia, divertida y picarona. La cultura negra cubana no se limita únicamente a la afrocubanidad de nuestra herencia trasatlántica, conocida por las religiones o credos religiosos que la conforman: la Regla de Ocha (los también llamados o conocidos como: los “santeros”), la Regla de Ifá (los babalawos), la Regla Palomonte Mayombé (los paleros o ngangeros), o la Regla Kimbisa (los ñañigos o abakkúas); sino que se ha “lumpenizado” -como dicen algunos antropólogos, que nos comparan con Puerto Rico- hacier cierta urbanicidad radical de supervivencia y violencia física y mental, donde impera la “ley del asfalto”. Sobre “esa cara” no precisamente folklórica decorativa, exótica-festiva ligada a la Afrocubanidad, sino se nos muestra más como nuestra “faceta más urbana”… habla Black Cuban Groove, como si enunciara una onda que removerá las olas de un oleaje humano que quizás está por llegar. Y esto… es simplemente un aviso, una pequeña advertencia.

Noviembre, 2009
Granada y Jaén, España



Vista de la exposición
Obras de René Peña, Alexis Esquivel y Andrés Montalván
Cortesía Antonio Sánchez Marín


ARTISTAS:

Michel Acosta
Alexis Esquivel
Maykel Linares
Andrés Montalván
René Peña
Humberto Planas
Elio Rodríguez

lunes, 19 de octubre de 2009

PINTAR, ESCRIBIR… REPENSANDO LA IMAGEN (lenguaje y representación en la obra de Pedro Osakar)



Pedro Osakar

Vista de Instalación
Instituto de América/Centro Damián Bayón
Santa Fe, Granada

Cortesía del Artista


a Tolosa
sólo… estas notas

idiomática (primera cobertura dialogante)

Definitivamente el Arte está sobrestimado. Sí, hablo claro, está sobrestimado y tal vez esto suceda -como es obvio- porque de él “viven” demasiadas “estructuras sociales”. En otras palabras, aquello que llamamos “campo del Arte”, o sea: es posible que aquellas mismas “estructuras” lo mantengan en un status sobrevalorado, para mientras tanto sobrevivir de modo parásito.

Entonces, en este tono algo quijotesco, quizás quienes trabajamos en-de-y-por el Arte deberíamos comenzar a sincerarnos con nosotros mismos, y a asumir la realidad de que nuestro trabajo o profesión depende de una mera especulación, que poco tiene que envidiarle a la especulación inmobiliaria.

¿Qué más da?... una casa, un edificio, o una arquitectura cualquiera, igual es un lugar que se comporta o manifiesta como un “contenedor de contenidos”, un “depósito de sabiduría”, y a su vez es un espacio para “experimentar, y vivir sensaciones íntimas irrepetibles”, es “reflejo de su época”, o “espejo de un concepto cívico-vital”, etc, etc…

Las similitudes serían infinitas, así que mejor… volvamos al Arte.
A decir verdad, el Arte sólo es lenguaje… reconozcámoslo.

Un lenguaje que bien es sabido, intenta expandirse hacia derroteros lingüísticos quiméricos donde sus propias reglas y/o limitaciones lo contraen.

Es decir, y a esta conclusión llegué hace años, el Arte pretende ser simplemente un “lenguaje total”.

Por eso su diversificación en ramificaciones estructurales que involucra uno y otro mecanismo de fabricación de significados, sensaciones, experiencias relacionales, … en fin, memoria.

Eso, el Arte sólo es sentir, reflexión, lengua y finalmente: memoria, sólo memoria.

Esto, dicho así -tan a la ligera- tampoco es poca cosa, digamos que ya es bastante, o más bien, para ser exacto, esto ya es suficiente para generar un sistema autosuficiente en sí mismo preñado de endogamia y antropofagia; pero al menos a nosotros, nos libera de cierto sesgo de responsabilidad mesiánica que al Arte se le imputa como “espejo-reflejo de su tiempo”.

Para los nacidos a mediados o finales del Siglo XX de Occidente, esta problemática comenzó a esclarecerse cuando el Arte optó por convertirse en un mecanismo centrífugo que sobre sí mismo articuló sus propias derivas de investigación interna.

Aquello que Filiberto Menna define de manera tan clara como “la opción analítica del Arte Moderno”, aquel Arte que de Arte habla, o más que de Arte, incluso, única y exclusivamente de “lenguajes artísticos” habla, o instrumenta una “hablativa”.

Es probable que una de las razones fundacionales de esta naturaleza introspectiva del Arte de los últimos ciento cincuenta años en los márgenes de los Ismos y sus sucesivas oscilaciones ideo-estéticas, hasta llegar al estado enrarecido de promiscuidad actual de la Digital Era Post-Moderna, esté motivada por cómo el pensamiento filosófico (o humanista) ha descentrado su atención en la teología religiosa, para detenerse a estudiar la experiencia existencial (léase: óntico-ontológica), supuestamente “diferencial”, de las prácticas vitales del sujeto.

Experiencia en la cual, el “cómo nos construimos como lenguaje”, y “cómo trazamos una estructura lógica de nuestro devenir”, ha tomado una vital importancia en el camino de “conócete a ti mismo” del humano occidental.

Así puede que el Arte haya llegado a la situación que lo ha empujado a dos coyunturas muy precisas como sistema; primera, a la que la hizo “mirarse” (a la manera de Narciso) como “existencia-presencial-manifiesta” = como estructura autónoma, y la segunda, a la que en esa “autonomía” halló una estrategia que la distanció de “lo real”, acercándola cada vez más a lo simbólico, lo metafórico, lo intralingüístico… aquello que de “lo real” (entiéndase, la realidad)… se aleja.

En cambio, si “algo” caracteriza al Siglo XX, es el hecho de que “lo real” nunca ha estado más cerca de nuestra mirada, gracias a los “nuevos sistemas de documentación de la experiencia”.

Estos “sistemas” conocidos a partir del desarrollo de la imagen y el universo sonoro, por sus tipologías más domésticas gracias a los avances de la fotografía, el cine, la TV, o las grabaciones sonoras; hasta llegar a lo que hoy día definimos como la contemporánea “Era Post-Media”.

pintura y representación (asociaciones)

Que el Arte como sistema haya sobrevivido al avance desproporcionado en tanto a velocidad y despliegue logístico global a la Era Post-Media, se debe, más que nada, a su capacidad metamorfoseante, a su propia naturaleza esencialmente formalista, indagadora de “cómos”, más que de “qués”.

Estos avances escenográficos y representacionales del “documento de lo real” sobre el devenir, han sido absorbidos y diluidos por el sistema artístico como un virus que muta y provoca una evolución en el espécimen en el cual ha anidado.

En esta dirección -además- sabido es que el Siglo XX dio dos grandes avances de “aproximación del Arte a lo real” (bajo el pretexto de “acercar el Arte a la vida”), con la implantación del ready-made post-dadá, fluxus & co., que derivó en la metodología interlingüística del Conceptual Art, como monólogo auto-infringido por el sistema para instaurar su poder de legitimación, y como contra partida, con el nacimiento y evolución del Pop Art, como deriva reciclante por excelencia; el cual -por cierto- no hizo otra cosa que llevar a un extremo de grado cero, el “objeto-encontrado” en el abuso de su representación más vulgar: “la imagen-encontrada”.

Inmerso en los estudios al uso de las derivas de estas “hablativas” -que bien podrían igualmente ser consideradas “epistemes”, para ser foucaleanos, venidos al caso- el artista Pedro Osakar, nacido en Navarra pero residente en Granada desde hace más de dos décadas, se enfrenta a su producción artística como un creador que “nada entre dos aguas turbulentas”.

Las “metafóricas aguas” que le obligan a nadar (o debería decir: “convivir”) con el legado ficcional del imaginario generado por el Pop Art y el sistema interpelativo de indagación estética que propone -casi como dogma- el Conceptual Art.

¿Quizás como únicamente igual siempre se han hallado “entre esas dos aguas”… John Baldessari o Richard Prince?

En esta topografía movediza Osakar tiene la osadía de tomar distancia y plantear su Arte como un proceso recolector que él mismo llama: “comentarios sobre lo real”.

Claro, volvemos a las formas, esta vez de mi decir; dicho así, simula simpleza, más no sencillez, teniendo en cuenta lo antes descrito como precedente. El modélico engranaje por el cual Pedro arguye este proceso de “peritaje” de lo real, no opera desde la similitud del replicante; sino que aboga por la precisión analítica del pensamiento que interpreta que “lo real”, está integrado y/o construido como y sobre diversas capas estratificadas de información de la cotidianidad, y su manera de “escribirse como historia”.

Volvemos a la memoria.

O dicho de otro modo, “comenta lo real” en tanto que “repiensa la imagen” como motor generador de un “constructo cambiante” -como dijera Benjamín-. Desde la imagen así, argumenta la construcción de un imaginario que se despliega plano a plano. Desde esta perspectiva, éste puede ser el leit motiv o la matriz programática por la cual su obra se fundamenta -más que nada- en el ejercicio pictórico, aquel que “representa la realidad de su cosificación objetual -como objeto y como lenguaje-, plano a plano”. Con la característica de que este “representacional ejercicio pictórico”, presenta tres contrapuntos fundacionales: su dicotomía imagen-verbo, su completamiento escultórico referencial, y su despliegue expositivo como estructura que en el espacio, es.

exhibir (teatralidad y completamiento del diálogo)

Afincados en este umbral de certezas, podríamos preguntarnos:

¿Qué diferencia entonces la producción visual de Pedro Osakar de la de sus coetáneos? ¿Qué ardid instrumental logra engranar como “maquinaria significante” que capta nuestra atención, más allá de la mera intelligencia entrenada post-vanguardia?

A ambas preguntas se responde con una única respuesta.

La asombrosa combinación “resolutiva-discursiva” de estos tres “contrapuntos fundacionales”, aunque mejor deberíamos anotar “pragmáticos”; como un nuevo estado envoltorio de la experiencia artística.

Llegados a este punto, es el momento de aclarar -por un lado- que gran parte de la obra visual de Pedro Osakar no funciona -a la perfección- como entidad unitiva, sino que lo hace como conjunto, proyecto, serie, mosaico, propuesta instalativa, ya que gran parte de su relato sólo se percibe en el momento expositivo.

Y por otro lado, ese “completamiento lectivo” ocurre gracias a la capacidad resignificativa de la dualidad binaria: imagen-palabra, que en ocasiones se expande hacia una experiencia relacional con lo escultórico-espacial.

Siendo así, en Osakar la palabra no designa su propio significado “literal”, sino que se potencia en su mezcolanza con la imagen que designa, subtitula, titula, o acompaña. Como si “usara” la palabra en pro de provocar una oscilación tautológica barroquizante, más que descriptiva… poética; a la vez de que con esta codificación re-escribiera el sentido estructural que soporta la imagen con la cual dialoga.

Conectado directamente con las tendencias desplegadas en la visualidad occidental etiquetadas como “post-conceptualistas” o “neo-conceptuales” donde destacan figuras como Félix González-Torres o Rogelio López Cuenca, con quienes personalmente pienso Pedro comparte su filiación “poetizante”, cargada de cierta ironía dubitativa, con Félix y Rogelio es evidente que la cercanía de Pedro es manifiesta en su “uso de la palabra para reconceptualizar contenidos enunciativos” de la imagen y/o el objeto, el espacio, la experiencia expositiva del Arte, e igual, los une cierta “dosis” parlante que además de escritural es “emotiva”, de “reflexión terapéutica-sentimental”, en este sentido Osakar se distancia de ellos a su vez cuando optar por “el ejercicio pleno del acto pictórico” para desplegar estos roles narrativos, conectando con la “Nueva Pintura Alemana” (Post-Richter & Polke), pienso por ejemplo en Martin Kipperberger, Albert & Markus Oehlen, Michel Majerius, o el actualísimo Neo Rausch. Todos -como Pedro- , “re-lectores de la imagen, la palabra, la pintura en sí como sistema lingüístico y la experiencia expositiva”, todos… de alguna manera, artistas que “gozan mucho el hecho de Pintar como placer sensorial y mental” ; o siendo más inmediatos, también siento afinidades con la producción de un artista aún más joven como Carlos Garaicoa, con quien igualmente explora las correspondencias: “imagen-palabra-escultura-espacio expositivo”; e incluso, el apego a las “maquetas” y a las “revisionistas obsesiones paisajísticas”; Osakar viene realizando una obra que se cohesiona en su “auto-referencialidad anulaticia”.

Una referencialidad que en tanto se enuncia, se anula como enunciador, puesto que cuando -por ejemplo- un dibujo se refiere a una maqueta, el dibujo se “completa” en la maqueta, en tanto la maqueta se “completa” en el dibujo; los cuales a su vez, se “completan” -como visión- en una serie de pinturas; las cuales, por sí solas dialogarían de otros menesteres. Como si con este entramado trazara una complicidad de incertidumbres que no permitiese al espectador, escapar de una red que únicamente ensaya preguntas: ¿qué es el Arte? ¿Es… este plano de color agrisado que sobre un fondo textil se exhibe? ¿Es… este papel calado que bordea un esbozo? ¿Es… este “museable espíritu decadente” que sobre sí mismo escupe una incógnita?
Un estado de incertidumbre que “puso en jaque” la llamada finisecular “Generación del ARTWORLD” de los noventa, a la que Osakar pertenece y donde Osakar debería de ser leído como un protagonista soterrado, disimulado en su intimismo “no-protagánico”, pero de cierta madurez reflexiva incisiva, sideral y tajante.

Una generación que volvió al hecho artístico desde la consistencia de la “hechura” y la “reflexión”, es decir, la idea extendida como sistema donde destacan figuras como Frank Ackerman, en la “nueva pintura analítica” o Ilya Kavakov en el “sistema conceptual musealizable”; y esta idea del “lo museable” como algoritmo decadente del sistema se exhibe poniéndose en juego -¿o debería decir: “en crisis”?- desde un modo estilístico dicotómico donde conviven la interpelación y el coqueteo, las dudas y las certezas; regresando la red debajo del equilibrista, todo el sistema en sí, se descubre tal cual es… sólo pretextos, sólo redes, sólo lenguajes.

Posiblemente, si no existiese el entramado, es decir: su “puesta en escena”, la obra -en este caso la de Pedro- no se nos plantearía desde la dinámica interna de su didactismo lúdico sobre el que se sostiene como duda y como certeza, otra dualidad; sino que sólo estaríamos hablándonos nuevamente de “formas”, estructuras visibles y engañosas de planimetrías seductoras, palabras sueltas, aisladas, furtivas casi.

Y no nos ofrecieran el “sentido de totalidad” que ofrece su obra como saber.
Este es así y aquí… un saber, un saber Pintar, un saber hacer , un saber dotar de significados múltiples una imagen o un objeto, un saber hablar del otro mientras se habla del paisaje, aún… cuando es un paisaje anodino, reticulado por la secuencialidad maquinal de sus ondulaciones y planicies, sus nuevas geografías ficcionales, o su bombardeo de imágenes infiltrándose en mi retina que nos duele.

También quizás me duela la emoción contenida, silenciada, enmudecida en la retina como un “yo ya no estoy allí” se evoca, una emoción algo pretérita, algo nostálgica. Y en esa “nostalgia” puede que se note -como susurrado, discretamente- cierto “anhelo de totalidad” que subyuga todo lo observado y experimentado ante la obra de Pedro Osakar. Y ese anhelo todavía ciertamente inquietante, es su mejor aval para descubrirnos otra manera de “mirar y re-escribir” desde el Arte la realidad, mientras juega con ella -y con nosotros- a través de los pliegues del lenguaje. Este lenguaje total -quizás “algo” sobrevalorado- que como pretexto trazamos para relacionarnos con nuestro presente; o sea: el Arte.


Granada, España
Octubre de 2009.

sábado, 17 de octubre de 2009

a marine (vista desde el cantábrico)

tras ocho años a tu lado


limpio como sus olas
el mar te inunda todo
verde como el oleaje el paisaje dibuja superficies mamarias
de una naturaleza embellecida
quizás domesticada y dócil
atractiva
en el agua no están tus afluencias
hoy no vienes a mi
desde allí adentro
no escucho tus sonidos
ni logro perpetuar la belleza brutal de estas oleadas
el clima no te inunda
sólo te moja el agua cristalina una mar destemplada
casi fría
atrás están las nubes
los árboles danzando
una danza nupcial tranquilizante

la imagen no es perfecta

en ella
tú…

no estás


Santander, España
Julio, 2009.

sábado, 3 de octubre de 2009

RAY SMITH: FASCINATION (EMBRUJO)



Ray Smith, Night Angel, 2009
Óleo sobre madera
Cortesía del Artista
y Costantini Arte Contemporanea (Milán)


“Una vez más…
Así deberíamos de empezar cada mañana.
Una vez más un beso, un aliento.
Una vez más tus ojos descubriendo en mis ojos la verdad, mi verdad.
Una vez más… pinto tus formas de ser otras mujeres, todas aquellas que miro y devoran mi mirada, y me hacen suyo, hechizado por su voracidad”

Esto es lo que “pienso que piensa” el artista neoyorquino Ray Smith cuando al enfrentarse al temido “espacio en blanco” inaugural de la creación, regresa a sus cadáveres exquisitos y en él da forma a seductoras mujeres-piratas, mujeres-bailarinas, mujeres-brujas; seductoras mujeres que utilizan sus dotes para llevarnos a un país de la fascinación, una “Fashi-Nation”, o país del amor, el deseo, la belleza, la velocidad de la primera mirada, la mirada de reojo, la mirada fugaz de sus ojos.

Una vez más la Pintura, otra mujer, mimosa, caprichosa, arbitraria, siempre acuosa, volátil, inasible, ilusoria (... lo sé, acabo de decir una tautología, toda Pintura es sólo una ilusión, pero en este caso no hablo de lo ilusorio, sino de lo ilusionado de la esperanza de quien mira el acontecer con otro espíritu).

Una vez más Ray (y sus Smiths), desvelando cómo la hechura de las cosas esta permeada por la vitalidad con la que se hagan.

Y aquí estamos-nosotros- todos hechizados... por esa vitalidad, esa destreza, esa maestría de dejarnos fascinados por la belleza de su obra.


a Marycruz,
Mariana, Cecilia
y Pansy
las dueñas de tus sueños.


Granada, España.
Septiembre, 2009.

martes, 15 de septiembre de 2009

HERIR LA MEMORIA (…unas notas) o de cómo Gustavo Acosta y Carlos Alberto García agraden la Memoria desde lo pictórico



Gustavo Acosta
Juego de Adultos, 2007
Óleo sobre tela
Cortesía del Artista


a José Bedia y Nelson Villalobo
nuestros puentes

1.-

Gustavo Acosta y Carlos Alberto García, son dos artistas cubanos pertenecientes a la primera oleada de la Generación de los Ochenta, aquella prometedora generación que provocó una ruptura histórica con el legado plástico de las complacientes generaciones anteriores del proceso revolucionario cubano; una nueva generación que abrió una brecha hacia una posibilidad crítica con su presente histórico, desde el propio proceso creativo del Arte.

Artistas éstos, los cuales, desde siempre -muy personalmente observo- que han practicado cierto ejercicio quirúrgico con la Memoria, como… lobotomizándola, e hiriéndola allí donde quieren hurgar o escarbar qué ocurre dentro de ella, o silenciándola para cauterizarla desde el aplanamiento de sus significados y hacer “mutis por el foro”, es decir… abstraerse.

A ver… seamos francos, esta aparente precipitada conclusión que ahora suena como muy “sofisticada y festinada” a la vez, ni es festinada ni es sofisticada; sino, es simplemente el fruto de años de observación de la producción de estos dos creadores, que a día de hoy se han convertido con el furtivo paso del tiempo, en dos maestros dentro del campo de lo pictórico. Maestros de lo pictórico que -cada uno en su camino- desde la Memoria, trabajan.

Expliquemos -ahora- cada caso.



Carlos Alberto García de la Nuez
Vuelo infinito, 2009
Óleo sobre tela
Cortesía del Artista

2.-

Gustavo Acosta, nacido en La Habana en el premonitorio año 1958, ha ejercido ese experimento quirúrgico de la Memoria, cuando extrae “la piedra de la locura” hablándonos desde el silencio de la locura; es decir, desde “la escritura de la historia”, desde el status que el poder usa como espacio de silencio para desde él, articular un discurso histórico de vacíos, aglomeraciones, hechos y sucesos.

Gustavo fue posiblemente el primer artista de la Isla que instauró como método de trabajo analítico descriptivo -lo que hoy es considerado un signo característico del Nuevo Arte Cubano- el “neo-historicismo crítico”.

Conectado directamente con los derroteros que marcaron la Nueva Pintura Alemana de finales de la década de los 70s e inicio de los 80s, en especial, el quehacer de Gerard Richter y Anselm Kieffer ; Gustavo planteó en la Cuba de los 80s, hasta hoy día, la posible re-escritura de una Historia Metafórica del Poder Insular, desde la historiografía de sus emblemas arquitectónicos. Un manierismo metodológico que implica enfrentarse al hecho pictórico desde una narratividad que se subleva ante el referente (entiéndase: el dato histórico visual, una fotografía, un grabado, un relato descriptivo); pues lo destruye, lo doblega, lo subvierte, lo manipula, y lo exhibe -sólo y únicamente- como “documento arqueológico de nuestra subjetividad”, como legado muerto, acaso revivido en-y-por la retina superficial de la Pintura como “memorabilia cuestionable”, como “memorabilia” que puede ser puesta sobre el tapete del juicio de nuestra subjetividad por su carácter ficcional.

Desde una perspectiva totalmente foucaultliana de la lectura de la Historia, la obra de Acosta arremete así contra la “tiranía del discurso”, contra la omnipresencia del poder y su selectiva fragmentación del discurso como instrumento de enajenación y silenciamiento. Sólo que esta “operación quirúrgica” de seccionamiento de la Memoria para sacar a la luz su morbosidad más enfermiza, como si le extirpara su “parte cancerosa”, su “carnosidad tumorizada” y la tirara sobre una emborronada bandeja metálica de acero inoxidable como “dato a observar”; no lo hace de manera obvia, sino, que lo hace bajo la sutileza del magisterio del buen dosificador de información, que ha aprendido a sanear nuestra nueva subjetividad, con mini-dosis preventivas de información. Como si nos avisara desde una mirada diagnóstica de “dónde está el peligro”, su obra evolucionó de la recreación de roídos ingenios desaparecidos y caseronas coloniales, a vistas aéreas de ciudades -casi- fantasmas, termonucleares, recintos turísticos o aeropuertos amenazados por las turbulencias del mal. Un mal que siempre se manifiesta en la pátina dudosa del tiempo y la destrucción, la soledad o el vacío. Como si su Pintura estuviese cargada de “visiones eptoplasmáticas” del ser humano que deja su huella allí donde estuvo y ya no está, o mañana… ya no estará. Una Pintura misteriosa y dubitativa, que lo vincula a otro artista de su generación -pero de origen argentino-, hablo de Guillermo Kuitca, quien como Gustavo, desde la desolación de la topografía y el plano alzado de las arquitecturas, grafica un fetichismo espiritualista que Occidente padece ante la presencia portentosa del Poder, manifestado en su pomposidad más sólida, sus “catedrales y teatros”.

Un “no-lugar” que se manifiesta como un tal vez, un quizás… un quién sabe quién estuvo allí… que eriza la piel, hinca un por qué… nos deja infestados de la incertidumbre.



Gustavo Acosta
Standing at thedoors, 2009
Óleo sobre tela
Cortesía del Artista

3.-

Carlos Alberto García, por su parte, quien nació en La Habana en el año del quiebre, el año de la fractura evolutiva de nuestra Historia, el mítico 1959; elige desentenderse aparentemente de la Historia en sí, para obligar a intimar hacia un terreno más privativo del ser, su producción artística. El terreno de lo signico, nunca el camino del icono; es decir, el terreno abonado por la Abstracción Pictórica.

O sea, Carlos ha preferido direccionar su producción artística por aquellos derroteros que la Escuela de la Abstracción Neo-Expresionista de finales de los 70s planteaba como propuesta de plasticidad enraizada en el ejercicio más puramente esteticista del acto de Pintar.

Su obra dialoga de forma transversal con la trayectoria marcada por creadores como Georges Mathieu y Hans Hartung y sus “tachismos” , o con las caligrafías criptológicas de un Cy Towmbly o un Antoni Tapiés; un camino que lo ha llevado a compartir ideales con “neo-abstracionistas” de la talla de Julian Schnabel o Christopher Wool .

Su modélico método de enfrentamiento al espacio pictórico participa de un proceso -igual quirúrgico- de silenciamiento del dolor, silenciamiento de la soledad, y silenciamiento del desarraigo; cauterizando la experiencia (como metáfora de la herida o viceversa) en una especie de territorialidad de la nada; donde los signos comienzan a insinuarse como por emisiones poéticas, por anuncios, por destellos… nunca por relatos.

Así, su Pintura simula ser generada desde un estado de sapiencia emocional donde el orden y el caos se dan la mano, en una comunión de convivencia recíproca de ecuanimidad constante.

Aquí está la Memoria deshecha de sus significados más solemnes, y re-hecha desde sus valores más sensoriales, desde sus recuerdos más ónticos.

En la Tradición Pictórica Cubana, pocos creadores han llegado al dominio del espacio pictórico abstracto como lo hace la velocidad resolutiva del ritmo plástico, siempre fugaz de C.A. García, tal vez sus predecesores; los maestros Antonio Vidal, Raúl Martínez -en su etapa abstracta pre-revolution-, o Guido Llinás. Posteriormente, lo siento por los probables aludidos, pero no percibo que nadie acompañe sus pasos en este “sendero del no-decir”, que es el hablar desde la mudez del Arte Abstracto, el “hablar como en Brayle para la Visión de los no-entrenados” -como diría un amigo-.

Por eso pienso que “cauteriza la Memoria para sanar y taponar su herida”, porque la tapia, la empasta, la tupe de color, la aplana, la domestica en el mejunje de su amalgama, y la hace pasta, rayonazo, rasgadura, pegote, vacío o hueco.

Como si ante la patente demostración de frustración y enfermedad que plantea Gustavo Acosta; Carlos Alberto García propusiera una especie de “vacuna esencialista del ser más utópico”, como ente creador; aquella que descansa en la terapia de auto-reconocimiento y desligue de las ataduras de lo real.

Como si apostara por la tradición pictórica abstracta como un acto de vocación suicida, un acto kamikaze de inmolación ética ante el acto pictórico; de coherencia existencial extrema.

Porque sólo allí en esa “libertad del referente” de la Abstracción, es donde único halla la paz verdadera de su hacer creativo; de su “hasta aquí puedo llegar”. Y llego.

Unos signos que nos hablan de cierta emotividad, de cierta desazón, de cierto hartazgo; que nunca nos dan señales quietud, sino nos evidencian -claramente- que en el artista es sólo la inquietud ante su presente, lo que le impulsa a trazar un gesto.



Carlos Alberto García de la Nuez
Fragmento de una estrella, 2009
Óleo sobre tela
Cortesía del Artista

4.-

Ambos posiblemente, dos de los artistas “más europeos” que ha dado nuestra plástica nacional, y que desde hace más de una década residen fuera de la Isla, Gustavo Acosta actualmente en Miami, y Carlos Alberto García en México DF; con lo cual, regionalismos aparte, sus carreras han sincronizado a la perfección con los nuevos contextos en los que hoy día deambulan. En cambio, si este “europeismo” y su adopción militante por la Pintura como medio de expresión por excelencia, los une; por otro lado, me parece que no es la inquietud del decadente desasosiego occidental que en Acosta se enuncia lo que inquieta a Carlos Alberto, sino es como si lo que le inquietase fuese la furia y la paciencia del samurai, la violencia contenida del guerrero-zen; mientras la actitud de Gustavo, más bien emula la cautela sigilosa del francotirador.


Granada, España
Verano, 2009.

martes, 25 de agosto de 2009

ENSAYOS BREVES PARA UN DESASTRE… MAYOR (… o anotaciones sobre cómo Guillermo Mora ejecuta una Pintura Procesual de la Caída)


Guillermo Mora
"Cielo deshecho", 2008
Óleo sobre lino
Cortesía del Artista

La Pintura es cosa mental.
Pablo Picasso

1.-

La Pintura Contemporánea, este “lenguaje artístico” de hoy día que ya se nos hace atemporal, recurrente, algo neurótico y caprichoso que todavía el hombre ejercita como “divertimento del sentido”, ahora… inmersos en la Era de las Tecnologías; esto que ahora conocemos como “La Pintura”, el lenguaje más apegado a la Tradición fabricadora de signos del humano, desde la perspectiva de nuestro análisis, seguimiento y estudio de sus últimos derroteros, creemos que participa de cierta dualidad que la mueve en dos ejecuciones pragmáticas fundamentales: 1.- la “Pintura Teatral” y 2.- la “Pintura de Laboratorio”.

La primera de ellas, la “Pintura Teatral”, es un mecanismo de fabricación simbólica que necesita un escenario donde moverse, un territorio donde desplazarse y anclar su narrativa, es decir: necesita espacio para desplegar sus grafismos, sus trazos, sus escupitajos de color, o sea: su grandilocuencia, su aparatosidad. Urge de un lugar no sólo desde el cual “hablar”, o “argumentarse como hablamática”, sino también desde el cual edificarse como cosificación de una lengua, como objeto, como planimetría de una perspectiva aplanada hacia su propia profundidad hecha idioma. Entiéndase, esta no sólo es la Pintura que descriptivamente habla de lo espacial sino que desde lo espacial está hecha, pues en su control, contracción y expansión radica su soberanía, su mejor asidero.

Esta tipología pictórica pudiera parecer que únicamente se refiere a la espectacularidad del “gran formato” y que está ceñida a su carisma más “representacional”, ya que es habitual el facilismo de equiparar “teatralidad” con “representación”, “puesta en escena”; pues no, igualmente puede estar incluida en los marcos de la misma, aquella pintura que soporta gran parte de su hechura en despliegues espaciales, en proyecciones, o en desbordamientos del soporte pictórico en sí.

La “Pintura de Laboratorio” por el contrario es intimista, de una metodología cercana a la contención, nada extrovertida, más bien, introvertida; reniega del espectáculo vernacular del show a lo grande y se recoge, se retira a la privacidad de sus condominios, y allí en su intimidad fabrica una entelequia, por lo general endogámica, que sobre las dificultades del desarrollo de un lenguaje pictórico propio, habla.

En esta dirección, esta segunda “tipología pictórica” está más próxima al estado meticuloso que proporciona el espacio ascético del laboratorio científico, ya sea el laboratorio físico-químico, como el de ciencias naturales, como la biología, la botánica o la medicina y sus derivados de la farmacopea; un laboratorio; en el cual, a pesar de evolucionar a partir de la práctica más empírica como derrotero indicador de los posibles senderos a seguir; éste es más que un espacio físico, un estado mental, un lugar de “hallazgos” que procesualmente se van manifestando ante los ojos de su creador.

En este caso, por ejemplo, esta Pintura ha sustituido, como regularidad, la verticalidad del caballete por la horizontalidad -a veces inclinada- de la “mesa de dibujo técnico”; una Pintura ésta, donde el esfuerzo redentor no viene por la velocidad de la impronta sino por su adversario, los frutos de la paciencia.



Guillermo Mora
"Cabeza Hueca", 2008-2009
Instalación
Dimensiones Variables
Cortesía del Artista

La pintura es más fuerte que yo, siempre consigue que haga lo que ella quiere.
Pablo Picasso

2.-

En el panorama plástico iberoamericano actual, existen abundantes ejemplos de ambos “tipos de Pintura”; pero en esta ocasión, nos centraremos en el segundo grupo.

Desde esta lógica operandi, el camino abordado por creadores como el venezolano Arturo Herrera, quien estudió en Chicago, pero actualmente vive en Nueva York, que desmiembra el discurso iconográfico Neo-Pop de los Dibujos Animados, los Cómics o los relatos Ilustrados infantiles para descontextualizar sus fragmentos y crear estados espaciales de bloques y entramados de color, es de una “inteligencia deslumbrante”; una inteligencia que evoca la supuesta caída de la Pintura, en un sistema de decadencia representacional; a la vez ,que anuncia su supervivencia al abuso iconográfico del Siglo XX. O de un modo complementario, también instrumenta una “especialidad cromática re-ilustrada” -en el borde de la grafología marginal del cuarto de baño público o el dibujo más naif de nuestra infancia- que deja como juego de cartografías imaginarias el costarricense Federico Herrero -residente en San José-, igualmente aporta una visión del “Acto de Pintar” desde cierta iconoclasia deconstructivista, que regenera una noción de la Pintura que puede evadirse de sus claustrofóbicos conceptos objetuales, y la desbloquea de la cuadratura del bastidor. Como mismamente lo hizo hace más de veinte años el cubano Flavio Garciandía , quien curiosamente, con el paso de los años, ha regresado al “cuadro” tradicional, desde una operativa de “narratividad abstracta”, esa vertiente tan de moda, años después.

Visiones del acto pictórico, asumen la Pintura como un ejercicio de liberación de estados de ánimo, lúdicos, donde no cabe la racionalidad, pero no se descarta el orden.

Un orden que quizás está orientado por la parsimonia con la que sus pinturas como tal, le dictan -como a Picasso (ese gran rompedor de todo molde posible)- los pasos venideros a través de los cuales se van a cosificar como Obra Artística.

En el panorama plástico español, siendo más concretos, ese desarrollo investigativo del acto pictórico desde cierta dosis de procesualidad acumulativa, residual y reciclante, lo han realizado artistas como Mitsuo Miura (japonés radicado en España desde mediados de los 80s), quien desde una operativa planimétrica de “perfecto minimalismo colorista” ha evolucionado a una “explosiva pintura-escultórica-objetual”, o hacia una desidia cada vez más instalativa. Podemos “repensar” en esta frecuencia metódica la producción de Soledad Sevilla, y Rosa Brun; posiblemente las más escultóricas de nuestras pintoras, junto con la también venezolana Clemencia Lavin, o creadores más cercanos a nuestros días como Manu Muniategiandikoetxea, Toño Barreiro o Ángela de la Cruz.


Guillermo Mora
Sin titulo (serie: "de un soplo"), 2009
Óleo y Acrílico sobre tela + madera
Cortesía del Artista

Yo no digo todo, mas pinto todo.
Pablo Picasso
3.-

Entroncado -entonces- en esta renaciente generación que se enfrenta a la Pintura desde la desfachatez de quien no tiene nada que perder y toda la paciencia del mundo para alcanzar resultados de altos vuelos estéticos, el madrileño Guillermo Mora (Alcalá de Henares, 1980), es un creador que disfruta de la hechura de sus obras desde la letanía del hallazgo tardío.

Un manierismo epistémico que conjuga ambos derroteros antes mencionados, pues en un principio, la obra se produce desde la frialdad del laboratorio donde observación, experimentación y suma se confabulan para cosificar objetos parlantes; pero en el momento expositivo, instante en el que se completan, su hechura se teatraliza espacialmente, como si el artista domara el espacio donde su obra habita, exhibiéndola en comunión con el mismo.

Como si en él, reinara la calma. Aún, cuando no lo parezca, a veces, en él reina la calma. Una calma que puede ser violentada por cierta brusquedad desenfocante, o por la ruptura del soporte, la envoltura de la materia, o el descuelgue del pellejo taxidérmico del óleo como piel de la Pintura que todo lo resana y cubre como capa protectora, dadora de signos. Pero piel quieta, al fin y al cabo.

Piel quizás como lo piensan los “peleteros”, así como pellejo animal, metáfora de nuestra protección, y lujo, derroche, piel como material de trabajo que es contenido y contenedor, espacio y objeto, territorio y mapa, textura y fluido.

De este modo, Guillermo Mora, a pesar de su temprana juventud, se desvincula de la Joven Tradición Pictórica Española que bien se pone a tono con las vertientes más representacionales -internacionalmente hablando- del Neo-Pop; para adentrarse en investigaciones acumulativas de cómo se re-edifica una Pintura desde sus ciertas doctrinas que la dominan internamente.

Por ejemplo, cree en la capacidad lingüística -como material simbólico- del óleo, una materia que seca lentamente, para denotar los estados del tiempo en nuestras atropelladas vidas occidentales; vocifera desde el susurro de su destrucción la apocalipsis del sistema, cuando desde desastre argumenta un reordenamiento del paisaje expositivo que toca; así mismo, sus cuadros no son cuadrados, el bastidor forma parte de cierta concepción escultórica del “Objeto-Pintura”, donde el contenedor se torna contenido, y el medio (el óleo mismo) en soporte que hila, une, coagula las huellas del caos.

Él -de alguna extraña manera, doméstica/domesticado- deja que sea la Pintura misma quien guíe la consecución de sus pasos, es la Pintura quien da sentido al organigrama de su hechura mientras el artista explora en ella como quien se deja llevar por una sinfonía muda, algo ciega, que se orienta por el tacto casi braille de sus signos. De ahí, las letras, las maderas re-hechas, las cajas, los envoltorios, los embalses, los jirones, los goteos, los tumultos, las aglomeraciones, las rupturas, los desperdicios, las acumulaciones reordenadas en clasificaciones retinianas que superar la razón emotiva del color, en fin… el ejercicio del eterno aprendizaje de quien aguanta la respiración, y dice… “voy a ver hasta donde llego en la profundidad de este extraño mar, de un solo aliento”; y luego sale a flote y dice… “hasta aquí llegué”. Y así sigue diariamente hasta que avanza más, como un corredor de fondo de apnea.

Lo triste es que el provincianismo que nos rodea en nuestro sectario mundillo artístico nacional, llegue a pensar -fácilmente- en la obviedad referencial de un trabajo que está “atado” a los caminos trazados por los tres últimos autores jóvenes españoles mencionados; cuando en realidad, Guillermo, por sus años de formación estadounidense donde cursó el segundo ciclo de Bellas Artes en el Art Institute de Chicago, conecta mucho más con la vertiente abierta por creadores como Peter Halley, Jonathan Lasker o Jessica Stockholder, ésta última de quien aprendió que si bien no era necesario “pintar todo” como afirmara Picasso, todo era y es susceptible a ser leído y utilizado como Pintura, si se manipula como experiencia pictórica de significancia colorista. Artistas éstos, con quienes G. Mora, comparte esa filiación detallista del plano de color y su potencialidad como presencia de impacto visual.

Un impacto visual que sólo dice: “esto es lo que soy, no busques más, sólo Pintura, un churretón de color en tu mirada, y nada más”. Así a bocajarro…

Es así, como llegamos a su Pintura, como quien ensaya breves solipsismos de la hecatombe del sujeto, para desde esa decadencia, abandono y soledad, enfrentarnos a un desastre mayor, aquel que anuncia cierta cercanía del fin de lo humano. Como si en su obra, Guillermo se manifestara manualmente desde la artesanía de lo pictórico como un llamamiento colorista de siglas que buscan palabras ahuecadas por la desolación o el vacío, o como si rellenara nuestra mirada de bombardeos cromáticos para salvarla del pantallazo aplanador de nuestro psiquis; he aquí la Pintura, una vez más, dejándonos la huella de nuestra caída. A lo mejor, dándonos el último aliento que de la caída nos salve.


Las Palmas de Gran Canarias, Madrid, Granada, España
Verano, 2009

lunes, 10 de agosto de 2009

LA MIRADA DESEANTE… según la obra fotográfica reciente de Fernando Bayona.


Fernado Bayona
Serie: Circus Christi, 2009
Fotografía Color
80 X 115 cm
Cortesía del Artista

1.-
“…puesta en escena excesivamente calculada, que pertenece, por su modelo de ostentación, al caravaggismo: proyección brutal de la luz –procedimiento sumario para atrapar la mirada- que se concentra en una parte del cuerpo…”
Severo Sarduy
Fetiche, en La simulación

Fotografiar -a través de la mirada- es una manera bastante habitual de acumular memoria visual de nuestro deseo.

Es más, la fotografía no puede divorciarse de la mirada y el deseo trascendente de distanciarle y/o dilatarse en el tiempo, de ninguna manera; pues esta es la cualidad que signa su naturaleza metafísica, su don arqueológico de “eternizar la mirada”, haciendo de “lo mirado”… una parálisis a través y a partir de su materialización como “lenguaje fotográfico”, como “archivo del ojo” que su mirar reinventa.

La Fotografía así, es -indiscutiblemente- una de las mejores herramientas que el humano ha logrado desarrollar para “eternizar” su deseo.

El ojo (y su acción de mirar aquello que luego hace “dato fotográfico”) de hecho es uno de los dispositivos desencadenantes más activos y protagonistas del despliegue del deseo, es uno de sus mayores factores actuantes, uno de sus mejores “activadores”, estimulantes, encendedores, catalizadores o “desencadenantes”; en fin, uno de sus mayores culpables.

A través de “lo fotográfico”, el deseo una y otra vez es re-visitado por la mirada otrora, la mirada secundaria del espectador, para volver cíclicamente sobre el objeto del deseo una y otra vez, como si lamiera con los ojos la superficie planimétrica de la fotografía; mientras la lee como documento del deseo, puesto ante nuestros ojos de modo exhibicionista, podríamos decir, también que de modo, fetichista.

De este modo, la Fotografía se convierte cada día más en el Arte de “retener el deseo” más allá de nuestra sensorialidad corporal. Como si quisiéramos prolongar una excitación sexual más allá de lo que el cuerpo físico humano puede soportar, la Fotografía cumple entonces ese poder afrodisiaco retardante-dilatador de las drogas y los fármacos; pero de modo, óptico-sensorial.

2.-
“La foto fija. Pero doy aquí al verbo fijar el sentido que tiene en el argot de la droga (fijarse: pincharse), es decir, a la vez inmoviliza y alucina. No hay arte que pertenezca más a lo imaginario, a la simulación, si que sea más high que el de la foto. Arte en el que sin embargo, todo ha existido, realmente, todo ha sido.”
Severo Sarduy
Fijeza en La simulación

En esta cita con la que casi concluye el capítulo: Fijeza de su ensayo La simulación, Severo Sarduy denota sin remilgos su amistad infranqueable con Roland Barthes, sus cómplices conversaciones y sus lecturas mutuas; pues la visión sobre “lo fotográfico” y la parálisis del puntum del estructuralista francés se entreleen -claramente- en las palabras del escritor y ensayista cubano.

Fernando Bayona, es un joven artista que no es ni francés, ni cubano; es un andaluz, nacido en Linares, Jaén en el año 1980, y formado entre Granada y Milán, primeramente en el dominio del espacio y el objeto escultórico, y que, en los últimos años, ha enfocado y desarrollado su producción artística hacia los mecanismos enunciáticos y eternamente misteriosos del Lenguaje Fotográfico.

Una evolución la cual, desde nuestro punto de vista, es producto de una desidia provocada por el solipsismo de su intrínseca relación con el objeto (léase: la escultura); la cual, desembocó en un apego de distracción hacia la capacidad relatadora del sujeto como ente narrativo (capacidad donde “lo fotográfico”, toma su rol más explicito).

En esta dirección, es su anhelo por plasmar su relación idólatra con el cuerpo -en concreto, el cuerpo masculino-, lo que lo lleva a empeñarse en buscar desde la narrativa significante de lo fotográfico, sus manierismos representacionales, o quizás debería decir que hurga en y desde sus teatralizaciones más extremas, para atrapar y hacer lenguaje de la mirada, sus utopías más sensuales; para abandonar la solemnidad estática del objeto que antes la escultura le proporcionaba.

La Fotografía así, le permite a Fernando B., desplegar un relato que abandona la estática ritualidad espacial del objeto y su primacía esencialmente simbólica como “experiencia de la contención”, para centrarse en las infinitas potencialidades simbólicas del sujeto, como ente que frente a la cámara finge un deslizamiento que no está contenido, sino que está en constantes mecánicas de resignificación de sus evocaciones.

De esta manera, lo que ahora conocemos como su “obra fotográfica” bien podríamos decir que se comporta como una indagación en los desplazamientos que el sujeto fotografiado y el deseo de su creador, evocan como metáfora de la existencia cotidiana; o mejor, como fábula de la existencia cotidiana, donde el deseo se manifiesta de múltiples modos, expectantes.

3.-
“Queda, como simple confirmación y regreso del barroco- pero esta vez no se trata de un barroco trasplantado, sino de “origen” […] Barroco ideológico que, aunque activado por otra urgencia y por otra supervisón, no contradice -aunque sea sin saberlo- la acción […] de ayer”
Severo Sarduy
Barroco furioso en La Simulación

En esta dirección Bayona ahonda en las prácticas de revestimiento estético de lo real para desde ese estado imaginario estampar su imaginario fotográfico, donde los pliegues de las referencias descriptivas de lo real, se solapan con la abundancia imaginaria de lo irreal; o sea, tuerce el relato y se densifica en cosificaciones dotadas de significancia simbólica o en derroches estéticos que bien podrían emular al más singular de los vericuetos amanerados del Barroco Histórico Europeo; con lo cual, regresa al Barroco para agredir el presente con un imaginario que lo doblega y subvierte.

La obra fotográfica de Fernando Bayona no apuesta por “testificar una realidad” constatable; sino que “la reinventa”, participando de esa teatralidad exagerada que los historiadores más clásicos han dado en llamar: “Fotografía Construida”, para referirse la Fotografía Artística de los últimos veinte años.

Una “pragmática constructora de imaginarios” que se aprovecha de la sobredosis de “aparente realismo” que la Fotografía -en sí- le posibilita como “dato factual”, aquella que designa un: “esto ocurrió, …aquí”; para desde esta coyuntura argüir un nuevo micro-universo mucho más personal y desmembrado de las reglas encorsetadas de “lo real”; mientras nos habla de problemáticas mucho más cercanas a su persona y a su generación.

Problemáticas afines a una perspectiva mucho más democrática de la realidad social de su presente, que asimismo están en consonancia con cierta vertiente crítica del nuestro tiempo; las cuales, se enfrentan a las taras de la sociedad occidental contemporánea, desde la desfachatez de la evidencia.

Una fotografía que saca a flote -por ejemplo- los riesgos excluyentes de las elecciones personales de la homosexualidad como conducta vital, o los peligros eufóricos de la promiscuidad y desencanto de una generación post-utópica, cínica, consumista, exuberante, casi anárquica y poco menos que atea.

Una generación que participa de las “lógicas reciclantes” e “hiperbólicas” de lo que Omar Calebrese designó como la “Era Neo-Barroca” y que ilustran las anotaciones de Severo Sarduy sobre la premonición de una subjetividad futura que promete un porvenir inestable y desafiante, inquieto e inasible.

Un porvenir plagado de erotismo, drogas, bi-polaridad esquizoide, violencia, sensualidad, engaño, seducción, mutilación, prótesis… amores, embrujos, desamores, soledad, y dolor.

Sólo que ese dolor Fernando lo sanea con belleza, virtuoso perfeccionismo y derroche deleitante de placer visual; un placer que dicho sea de paso, por su efectista destello seductor, una vez más nos recuerda de forma obligatoria la tiranía del deseo.

El deseo de una realidad atemporal, circense y esperpéntica; acaso soñada.

Granada, España.
Verano, 2009.