domingo, 7 de marzo de 2010

DERIVAS ACERCA DE LA OBRA RECIENTE DE SANTIAGO YDAÑEZ (O… ALGUNOS ENSAYOS PARA ESBOZAR UNA PINTURA TAXONÓMICA)


Santiago Ydáñez
Sin titulo, 2008
Acrílico sobre tela
200 X 300 cm
Cortesía GEGalería (Monterrey)


Esencialmente pinto para aprender algo sobre la pintura,
y lo que aprendo se convierte en dos o tres cuadros.

Robert Rauschenberg

La Pintura es una herramienta caprichosa del lenguaje.

O mejor debería decir, que la Pintura es un lenguaje caprichoso que como “herramienta” (término que está más cercano a la “nomenclatura de maquinaria lingüística” que preferiría instrumentar el pensamiento post-estructuralista) el humano “usa” para decir cosas, hacer cosas, plasmar cosas; cosas que no son ellas en sí, y aquí viene el dilema lógico de lo que habitualmente es el “uso de una lengua”, sino son su “representación”, su “expresión simbólica”. Sólo que esta intencionalidad del decir, implica de primera mano, una narratividad funcional que no tiene por que ser fundacional y primaria (por no plantear análoga, directa, obvia) para que una Pintura sea lo que es… esto de lo que últimamente vengo hablando de forma reiterada, sólo eso… una Pintura, una manifestación del lenguaje visual “puesta al uso” frente a nuestra mirada.

En los últimos años se ha venido hablando -sobre todo en el discurso crítico de los estudios visuales- casi de modo demasiado cansino del agotamiento de los recursos pictóricos para desenterrar la nueva naturaleza del ser humano tras la Era Cibernética; era en la que -supuestamente- hoy día estamos inmiscuidos, o más bien, sumergidos hasta la asfixia de la dependencia adictiva. Desde que nació o afloró este discurso derrotista y apocalíptico en torno a la “Muerte de la Pintura”, personalmente, he visto dos síntomas claros en él; primero que este apresurado diagnóstico es producto de la imperiosa necesidad de rabiosa novedad periodística de los medios masivos de información en una sociedad donde la novedad manda como “moda”, por tanto, que mejor manera de sacar a flote un “nuevo tipo de arte” que “matando al anterior”, al de siempre, al de toda la vida -como dirían en Andalucía-; más allá de los embates y victorias que sufrió tras los ataques de la Vanguardia Histórica y de los imparables “procesos de desmaterialización del Objeto-Arte” de la Trans-Vanguardia (con sus búsquedas lingüísticas de las estrategias conceptuales, las minimalistas o las derivas performáticas del Land Art y el Body Art); los llamados “Nuevos Medios” (léase: la fotografía digital, el videoart, el netart, el arte robótico, o la instalación multimedia, relacional) trazan una nueva estrategia de narratividad, regresando (el Arte) a su estado más literal; y aquí hallo el segundo síntoma, en este afán entusiasta del discurso crítico por los “Nuevos Medios” (que dicho sea de paso, cuarenta o casi cincuenta años después ya no son tan nuevos) se manifiesta cierta tendencia descriptiva, verbalizante que le da legitimidad al discurso crítico para instrumentar su poderío, su gestión justificativa, tras los escarceos interpretativos, semiológicos, ideo-políticos; más que nada hay una sintonía en pos de la palabra, en pos de la literaturalidad (como diría Barthes), en pos de la necesidad racionalista de explicar(nos), en tanto instauramos un lenguaje, que por su “juventud” necesita la voz paternal y proteccionista del poder del verbo (O sea: el Poder Crítico). Y aquí es cuando los medios tradicionales del Arte (la Pintura, la Escultura y el Dibujo) perdieron -temporalmente- la batalla del establishment, el mainstream, el “estar de moda”; porque las limitaciones narrativas de la Pintura, entran justo en las exploraciones de la grandeza de su introspección. Es decir, sus limitaciones, son, en verdad, su ventaja ante el intruso Logos. Por supuesto, excepto para aquellos neófitos (o más bien: vagos ineptos) quienes no conocen, no saben, o no disfrutan el “hecho pictórico como un elemento lingüístico autónomo”, que está allí…; fuera de nuestra demagógica verborrea, excepto para ellos que necesitan autocomplacerse y acuden a ella, a la verborrea, para decorar con fanfarrias verbales, lo que no hallan, lo que “saben ver” en el ese territorio indómito que es la Pintura.

¿Porque hablo aquí de una aparente ventaja descriptiva de los “Nuevos Medios Artísticos”?, Pues… porque estos medios incorporan otros elementos enunciáticos en la constitución de su producto (o tal vez debería decir: constructo en homenaje a Benjamin), una nueva constitución que ilimitan o transgreden las posibilidades lectivas de los medios tradicionales, incorporando sonido, luz, brillo, contraste, planimetría, teatralidad expositiva, dramaturgia argumental, secuencialidad, movimiento e hiperrealidad representacional; pero a su vez, incorporando relato, y por ende: literaturalidad. Es decir, deja entreabierta una fisura diáfana para que el discurso imponga sus reglas de juego. Su territorio conquistado, su imperio.
Lo curioso, es que esos mismos “nuevos medios -o soportes- tecnológicos” han sido los “referentes documentales” [o quizás debería anotar: el “material de archivo”, pensando en Derrida] que han propiciado cierta aceleración evolutiva en las investigaciones lingüísticas cada vez más expansivas y emancipadoras de la llamada (y ahora actualizada): “Nueva Pintura”; una Pintura que ahora -en esta posición de poder que significa el pocesionamiento imperativo de un tiempo del ahora- “usa” el medio tecnológico-digital como una herramienta para desde la documentación y la experimentación fragmentaria de su visión, ampliar sus miras y difuminar las resoluciones de su propio lenguaje, e incluso de su propia discursividad, expandiendo el campo de sus resolutivas experiencias sensoriales hacia la indagación en un presente preñado de imaginería digital. Ya que la democratización de los medios digitales y su abaratada accesibilidad doméstica han generado de antemano una imaginería más versátil del documento visual, léase: del registro de nuestra mirada.

Grafiquémoslo: …allí o allá adonde vamos, en más de la mitad de los casos, una cámara digital (de video y/o sólo de fotografía) -de cada vez mayor resolución y precisión testimonial- va captando [registrando…] como documento la fragmentación individualizada de nuestra mirada. Sea ésta resultado de nuestro asombramiento ante el paisaje, o el simple producto de nuestra manía archivológica y fetichista de lo observado como enriquecimiento de nuestra memoria. En este sentido, es lógico así que nuestra “percepción de lo real”, no sólo este tamizada por la fragmentación de este proceso vivencial de la realidad deconstruida en su trimensionalidad hacia la planimetría del documento digital, sino que a su vez, esta mirada está dinamizada y democratizada por la diversidad referencial de ópticas que sobre esa misma realidad han dejado -o van dejando, así… en presente continuo- su huella. Una huella, que en muchos casos, transgrede los límites de lo doméstico y es masificada por los sistemas de distribución, comercialización y promoción de los medios masivos de información o por la multiglobal red de redes de la virtualidad (o sea; y disculpen ser obvio, mediante ese almacén de infinita información que es Internet). A lo que debemos añadir, el fácil acceso y el simplificado manejo de los programas informáticos de alteración gráfica de la Imagen.

Es sintomático, de este modo, el cómo la archivología de imágenes cercanas a nuestra experiencia vital, ya no sólo está sujeta a la saturación de información visual con la convivimos diariamente; sino a su vez, a la construcción selectiva de nuestra propia nomenclatura de lo que vemos, a partir de su almacenamiento, clasificación y análisis narrativo. Un análisis que definitivamente reconceptualiza la evaluación de los significados y el orden jerárquico de nuestras experiencias visuales con la realidad, en rebautizada concepción reflexiva o emotiva de lo vivido.

Al producirse esta circunstancia democratizante de nuestra arqueología de imágenes con las que dialogamos diariamente; en el campo de la producción de sentidos que el sistema de Arte Actual implementa como reflejo de nuestra subjetividad contemporánea, se ha ocasionado una bicefalia estratégica (o un divorcio direccional) bastante significativa(o) en el universo de las Artes Visuales. Primero, se da el caso que la “Nueva Fotografía” -respaldada, como es lógico, por el desarrollo industrial grandilocuente de su digitalización- ha tomado las riendas de la “narrativa épica” (neo-historicista) de nuestro tiempo. De inicio, por su efectividad y verosimilitud, luego, por su redimensionalización (tendiente al gigantismo vacuo) del enfoque. Y el VideoArte, en cierto modo, ha asumido el rol especulativo de la divagación antropológica o el devaneo relacional de la pragmática más ideo-estética. Cosa, que no significa, de ninguna manera, que estos “senderos protagonistas”, hayan desembocado en un resultado satisfactorio, más allá de su mero efectismo hiperreal, o de su espectacularidad y su teatralidad expositiva. Segundo, que ante su repliegue a un (aparente y efímero) papel secundario, en el devenir oscilante del mercadeo de las tendencias de la Moda de la Industria Cultural, la Pintura ha tenido la oportuna libertad de detenerse en autoanalizar el sentido de su existencia, sin el peso dictatorial de su encargo social. Coyuntura la cual, por un lado, la ha desprejuiciado y desacomplejado de su necesidad discursiva, o de su necesidad de discursar desde cierta militancia representacional o ideológica (ahora desbloqueada, neutralizada, y horizontalizada); e igualmente le ha permitido trazar un sinnúmero de búsquedas introspectivas de cierta autonomía lingüística, entre otras diatribas, justamente releyendo desde la redimensionalidad pictórica la abundante plétora visual que produce la Era Digital (dulce y cínica venganza, sin pudor ninguno); sin verse en la claustrofóbica tesitura academicista de ningún concepto que la limite a experimentar cuantas líneas de investigación ideo-estética le venga a mano para reinventarse como lenguaje autónomo.

Resultado: que esta actitud creativa de libre albedrío del quehacer pictórico, ha generado en los últimos veinte años, una nueva sensibilidad, un nuevo entendimiento y un nuevo comportamiento ante el Acto de Pintar. Un “saber estar en tanto se es”, hablando -metafóricamente- en lo que sería una “conciencia ontológica de identidad como artista”, que coloca a la Pintura soberanamente como un sistema simbólico cada vez más independiente y espontáneo, desatado de todo lastre que lo dogmatice, un sistema que ya no es víctima de los etiquetamientos estilísticos, generacionales, o genéricos, en el que se destacan figuras de la talla de: Martin Kippenberger, Peter Doig, Albert Oehlen, Luc Tuymas, Jonathan Messe, Manuel Ocampo, o Fabián Marcaccio, por nombrar algunos; artistas los cuales han dinamitado definitivamente las nociones enconsertadas (y decimonónicas) del autor o la tiranía retórica del significado; ante los cuales han instrumentado como maquinaria o dispositivo discordante una pragmática de irreverente radicalidad, comprometida única y exclusivamente con el lenguaje (y el hecho) pictórico como manifestación máxima del placer estético. Una experiencia relacional dialógica, que en medio de tanto “vaciamiento de sentido” impuesto por la sociedad post-industrial occidental; opta por la sensorialidad íntima de la Pintura como refugio heredado de nuestra condición más ancestral, donde todavía sobrevive el espíritu más auténtico de lo humano.

Inmerso en esta circunstancia privilegiada de comprensión exhaustiva del lenguaje pictórico tal cual es, en el contexto en el cual además hoy día se desarrolla como sistema de reconceptualización estética de la mirada, auratizando aquello cuanto toca; Santiago Ydañez -desde mi criterio muy personal- creo que es uno de los pocos artistas españoles que se incorpora con total naturalidad a esta tipología de artistas antes mencionados, que se enfrentan a la Pintura desde el conocimiento pleno de su naturaleza. Un enfoque comparativo o anotación cartográfica, digamos “situacionista”, de sintonías y cobertura dialéctica de reciprocidad dialogante, que lo garantiza o legitima no sólo la profundidad, derroche resolutivo y esplendor seductor de su obra más reciente; sino, el despliegue de lo que ha sido su prodigiosa trayectoria artística.

En el veloz y vertiginoso transcurso de unos muy prolíferos y exitosos diez años, la obra de Ydañez ha trazado ante nuestra observación crítica una línea evolutiva que se distingue por su sorprendente solidez, su impecable coherencia, y su procesual (y/o proyectual) sistematización, tanto desde el punto de vista factual, donde ha alcanzado una destreza resolutiva que alardea despampanantemente de su velocidad y virtuosismo, como desde la consolidación -cada vez más unitiva- de un pragmática conceptual de una certeza y precisión inequívoca. En cambio, deteniéndonos un instante en cómo Santiago ha logrado hacer que el despliegue evolutivo de su producción se haya dado de una manera tan vertebrada, concisa y clarividente; la respuesta es más fácil de lo que parece. Porque no ha abandonado una de las premisas claves o -epistemológicamente hablando- fundacionales que lo impulsó a acercarse al Arte de Pintar; el hecho de preguntarse qué relación tenemos con la presencia estática de una mirada. La Mirada, es así… el eje motriz de su obra, la mirada como experiencia individual, como pregunta, como instancia de una conversación muda, un duelo pacífico, un romance casto.
Parapetado en ese territorio misterioso que es la incertidumbre, Ydañez en sus “obras tempranas” (desplegadas en su gran mayoría en obras monocromo, de tonos grisáceos de gran formato, mínimo: 200 X 200 cm) argumentó una práctica pictórica desde la cual “la Mirada” no sólo era el tema, la trama y el “objeto-sujeto representado” mediante un manierismo casi siniestro de proximidad retratística; sino también era la estrategia narcisista que nos devolvía a la Pintura como un “espejo simbólico de nuestro mirar”. En ellas, Santiago, establecía como dinámica una propuesta interactiva extremadamente imperativa, hipnótica, de engañosa seducción y extrañeza ante la Mirada del Otro, magnificada ante la pequeñez del Uno (el espectador, léase: todos aquellos que ante ellas establecíamos un mínimo intento perceptual de diálogo visual), donde el nexo de doble sentido que es el “acto apreciativo de mirar”, más que un nexo -que implica de facto una simetría comunicacional recíproca- se nos convertía en un hechizo, en una muralla dubitativa indescifrable, en una ilusión adictiva, una conversación subyugante de la no sabías cómo escapar, ante el silencio indagador de aquel que ante nuestros ojos, nos cuestionaba: ¿qué buscas aquí… “en mi mirarte”? ¿es que acaso -realmente- te ves… “en mi mirada”?

De este modo, Santiago Ydañez interpuso ante nosotros, más que una certeza, una incógnita, un cuestionamiento del facilismo de nuestra lectura retiniana, una sospecha. Una operación interrogativa que de alguna forma ya habían desarrollado los grandes retratos hiperrealistas de Chuck Close, o que años más tarde teatralizara ante nosotros la fotografía hiperbólica de Jorge Molde; en cualquier caso, en estas tres direcciones ideo-estéticas que caprichosamente nuestra memoria selectiva ha asociado como propuestas incómodas de cómo la Mirada nos hace dudar de nuestra observación escudriñadora de significados; las tres, nos ponen en jaque el acto mismo de esperanza residual, que el espectador espera del acto estético; pues en ellas, el espectador, no recibe nada a cambio de su acercamiento a la planimetría representacional que ante nuestros ojos devela su fragmentaria insinuación enunciadora; sino… sólo recibe sorpresivamente “la venganza de lo incierto”. Por ejemplo, ante los magnánimos retratos gigantescos [o debería decir: macro-dimensionados] de Chuck Close “lo incierto” -como estado inquietante- oscila desde la constatación irrefutable del poderío representacional del artista, hasta el cuestionamiento básico de qué sentido simbólico instaura esta grandilocuencia, más allá de su petulancia formalista como enunciado que está replanteándose las dotes sacralizadas del Arte como presencia fetichista; Molde por el contrario, esgrime una lógica más directa, aquí la mirada está redimensionada por el efectismo de su significado testimonial como impostura dialógica, establece un juego elemental de lo relacional, basado en una dialéctica binaria donde el autor (y su mirada, es decir: sus ojos, su enfoque visual) se manifiesta como el trampolín psico-analítico que en espejo se torna, cuando tras ver un ojo que nos mira, optamos por mirarnos; ya que su mirada es lasciva, acusadora, curiosa, incómoda. Ydañez, por lo contrario, en estas “obras tempranas” evita el facilismo de colocar el resultado de su indagación (es decir: en su Pintura) en la postura del que ofrece u oferta una verdad como pregunta de nuestro status; él elige “exhibir” ante nosotros el documento de una mirada que se desplaza desde el frío close-up de la archivología médica (sólo un dato anecdótico: para muchos de sus primeros retratos de rostros infantiles en los que el “bebe-sujeto retratado” era aproximado al extremo al borde de su representación por su acercamiento focal, eran realizados “usando” como referentes retratos clínicos de libros de medicina, o archivos médicos) hasta la más descriptiva documentación técnica de un registro historicista de un objeto escultórico (…la cabeza de un perro de piedra, una máscara protectora de soldar); como rastreo analítico (que como ready-made actúa) de aquello que ojo ve como dato, información, acervo cultural, o mini-dosis (dosificada) de espiritualidad que como reflejo de lo que somos nos va definiendo. Un mirar que mira para ser mirado como recuerdo, como deja vù.

Sólo que, para ventaja suya (de Santiago, por supuesto), este prolegómeno dubitativo de nuestra relación con lo mirado, no era fácil de descifrar; sino, estaba disfrazado por la majestuosidad de un manierismo pictórico que a veces -a pesar de su paleta reducida, y de su economía iconográfica- desvirtuaba el sentido incisivo de su prerrogativa cuestionadora hacia el esplendor de su omnipresencia como objeto. En otras palabras, su aplastante resolución objetual como Pintura, nos hacía olvidarnos de su subversivo discurso, de su venenosa naturaleza irónica, de su vertiginosa trampa soslayada; que justo, en nuestra actitud más placentera y contemplativa, violentaba el disfrute de nuestra conciencia receptiva, con cierto tufo de siniestralidad y desasosiego.

Profundizando enfáticamente en este deje facilista del propio sistema apreciativo del Arte Actual, como quien abusa de la debilidad de un inválido visual, Ydañez, esgrime como segunda propuesta pictórica de su hacer, un grupo -casi infinito- de retratos y autorretratos monocromos donde el “sujeto retratado” sufre dos alteraciones simbólicas radicales; primero, es disfrazado por la impronta de una sinuosidad sumatoria a su fisionomía facial (crema de afeitar o algo parecido); segundo, este sujeto, ya no participa de una relación pasiva con la sorpresa de la parálisis documental de su mirada; sino que “usa” o exagera el hecho conciente de saber que está siendo “retratado” para sobreactuar el potencial de su mirada. En primer lugar, para potenciar su dramatismo, y en segundo lugar, para anular todo posible rastro de inocencia e ingenuidad en su documentación, como escenificación de su “re-trato”.

Dando así, un salto extremadamente peligroso en su estrategia relatadora, Santiago, abandona la -aparente- pasividad anodina del observador (aquella franja de imparcialidad vouyerista que lo resguardaba de toda responsabilidad factual y conceptual de “lo re-presentado”) para ser el artífice de una puesta en escena que ante la mirada, será re-presentada, tautológicamente, una vez más; desde la redimensionalidad simbólica de la Pintura. Pero, está vez, no sólo controlando el proceso selectivo de la mirada, sino también… provocándolo.

En esta dirección, pero radicalizando su propio punto de partida, entonces, Ydañez elabora una estrategia de legitimación voraz de un poética marcada por la espectacularidad y la obsesión reiterativa de una gestualidad vociferante, que en su momento fue comparada con la ferocidad de los artistas neo-expresionistas alemanes (aupado por cierto sector crítico nacional, afincado en un paralelismo referencial fenoménico, epidérmico, podríamos decir); pero que pocos leyeron como el resultado crítico de una postura iconoclasta con respecto a la domesticación adoctrinante del mercado como modelo tiránico de una decadente adecuación negociada de la identidad del artista, como marca autoral; pocos vieron allí, en sus nuevos gigantescos rostros hiper-histriónicos… gestos de una sutil ironía burlona, que de la propia dinámica demandante estilística del sistema, hacía una descarada gala de cinismo y sarcasmo; mientras a la par, ejecutaba una meticulosa búsqueda logotipificadora de su ontología como sujeto. Sin embargo, nadie duda de la efectividad seductora e intrigante de esos retratos, y ahora que lo pienso, tampoco creo que hoy día, tras años de distancia de haber nacido esas Pinturas, nadie se cuestione su eficacia; no creo que nadie cuestione su rotundo impacto; sobretodo, porque su “impacto” no estaba sujeto a lo “retratado”, sino: a su manifiesta maquinalidad manierística, a su ligereza formal, a su epatante demostración de un poderío gestual, signado desde ya, por la madurez y el brillo de un talento artístico indiscutible.

Igualmente, la secuencialidad dramatúrgica de estas obras le proporcionó a Ydañez otro artilugio retador ante el Acto Pictórico: el potenciar al límite de lo imposible, las posibilidades expresivas de una reducida paleta monocroma y una iconografía repetitiva y neurótica, al borde de la epilepsia o la esquizofrenia más irracional como relato; y establecerse como una pragmática libre de prejuicios estilísticos y lúdica en extremo, morfológicamente hablando.

Está claro que el giro accional de Santiago en este sentido es obvio, de representar lo mirado, insinúo, escenificó y performatizó la tentativa de una mirada que esta vez desafía al espectador, aún cuando a veces lo oblicuo de su intimismo evite un enfrentamiento directo, aún cuando sea esquiva, su sola presencia impone, amenaza, ofende groseramente la mirada de quien la mira. Un camino pictórico que también nos revela otro detalle metodológico de Ydañez, su regodeo ejecutor; lo cual asimismo pudiera enunciar otro rasgo de su praxis artística, aquel que fundamenta cualquier argumento pretextual para desplegarse maquinalmente sobre un espacio en blanco. Es decir, aquel que repliega la discursividad diletante hacia un rol secundario, con tal de desarrollar un práctica pictórica autónoma, liberada de la esclavitud del discurso en sí. Viéndolo de este modo, tal vez, su reiterativo afán tautológico, o su “auto-re-tratamiento terapéutico”, psicoanalítico o antropocéntrico, bien podría ser una escaramuza de insinuaciones estratégicas del artista para congeniar con las reglas del juego del campos del Arte y su dictadura ideológica, para desmarcarse de toda coacción referencial, y abrirse un coto de libertad ideo-estética, donde bajo un velo de cinismo e ironía; la utopía placentera del hecho estético subvive como latido, como susurro, como aliento disidente.

Por supuesto que esta afirmación sería mucho más explícita si la obra de Santiago Ydañez se fundamentara en los márgenes interlingüísticos de la Abstracción; pero… ¿y por qué no? ¿y por qué un pintor -digamos- figurativo, convencido del poder de la imagen, de su don idólatra… por qué no puede pintar arbitrariamente, sin sopesar la presencia del significado? Pero para quienes entienden y disfrutan de la verdadera autonomía lingüística de la Pintura como territorio, esto no es un problema; pues se asume que ella no está sujeta a las estrictas leyes reprentacionales de “lo real”; ella existe y ocurre fuera de “lo real”, creando su propia realidad paralela, una realidad lingüística que solo tiene reglas perceptuales, reglas de observación, ninguna más.

Santiago Ydañez sabe esto, él es conocedor y devoto de este poder relativista que tiene la Pintura como práctica. Quizás por esa fe, la cual puede tener su raíz en su educación católica de respeto y admiración devota ante el icono, conocedor de ese poder que el icono guarda para sí como fetiche de seducción y emotividad contenida; en el momento justo de mayor reajuste y legitimidad promocional de su carrera, Santiago tuvo la valentía de abandonar la cómoda seguridad comercial de su hasta entonces “galería-madre”, a la vez que cambia su residencia de España a Berlín; para reordenar su carrera y su producción artística bajo la estela de esa libertad en la creencia del poder de una Pintura desligada del facilismo referencial y la literaturalidad verbalizante. Realizando otro giro inesperado en su relación con la Mirada, pero esta vez, hacia lo mirado. O sea: regresa al Otro, sólo que en esta ocasión, este otro está infestado de la agresividad grotesca de la omnipresencia de la muerte, la enfermedad, la deidad, la binaria instancia de los opuestos, la sutileza sublime y la brutalidad de lo natural. Es así, como pasa del retrato al tratamiento pictórico de una especie de recopilación visual de aquello con lo que vive, topa o sólo roza su mirada; y pasan a ser protagonistas en su obra: animales disecados, máscaras fúnebres, estatuas santorales, momias, paisajes o trofeos de caza (quizás como metáfora exacta de lo es en verdad el Arte mismo, en su sentido más burgués, sólo eso… un objeto de colección territorial donde almacenamos algo de espiritualidad vivida, tal vez sobrevalorada). Tal como si cartografiara un esbozo etnográfico y/o iconográfico de una nueva espiritualidad promiscua y relajada, diáfana y voluble. (Y ahora pienso en Hal Foster y su idea del “artista como etnógrafo”, e igual pienso en Mark Dion, Marcel Broodthaers o Gerad Richter).

Y aquí en este desliz escapadizo, en esta finta que lo desliga de ataduras y clichés, Santiago Ydañez traza una de las audacias más radicales que he visto en el Arte Español Actual; desmarcándose primero de la fatídica decadencia expansiva -casi saturadora- del mercado, y luego, de sus propios fantasmas, o sus propias taras arquetípicas. Conectándose en este gesto de valentía con aquella joven tradición pictórica occidental que cree fervientemente en la capacidad regenerativa del acto de pintar, como acto solemne de sacralización de lo vivido, bajo la estela de lo emocional; incluso bajo la estela caprichosa de nuestra mimada sensibilidad emotiva.

Entonces, en el control de esa emotividad, es donde hallo en Ydañez un control ineludible de nuestra mirada; él sabe como controlarnos… controlando la emotividad que, desde sus primeras obras, ofrece al espectador; una emotividad que es (hablando en lenguaje figurado o digamos abstracto o estructural) una especia de pirámide horizontal, en la cual el espectador es el vórtice superior, y la planimetría de la Pintura, es la base que hacia ella nos obliga a acercarnos, alejarnos, desplazándonos dentro de un territorio de poder que chantajea nuestro recuerdo, cuestionándolo, poniéndolo en el borde del solipsismo, en el borde del barranco del autorreconocimiento; como si taxonomizara nuestros sentimientos, mientras almacena un inventario yuxtapuesto de imágenes contradictorias que dialogan en una dialéctica de diversas intensidades, nunca antagónicas; pero conociendo el poder sagrado -auratizador- del Arte como nueva idolatría. Como tampoco son antagónicas las aguadas de sus trazos más urgidos, y la solidez de su dibujo, o su materia pictórica más volumétrica, consolidada como presencia absoluta de un saber, un “saber ser, aquí, ahora, hoy y mañana”. Como quien dice, así abiertamente y con cierta chulería barriobajera: “esto es lo hay, tómalo o déjalo; pero no busques más.”

Un mañana al que podremos acudir con la utopía resguardada en estas obras, como quien va a un templo de Dios, sabiendo que allí quizás Dios no esté, pero si existe alguna posibilidad de que esté en alguna parte, un templo siempre será un buen comienzo para vulnerabilizar nuestro ateísmo, o ponerlo a pruebas. A fin de cuentas, como diría Marx (sí… Karl Marx), “El Arte es el mayor placer que el hombre se da a sí mismo.” A lo que nosotros añadiríamos, en medio de este tiempo decadente, de crisis general de valores ético-estéticos, donde los mercados bursátiles se quiebran, y la realidad está siendo matizada por las manipulaciones selectivas de los medios masivos de información; el Arte, y quizás, el sexo, son el mayor placer -gratuito- que a estas alturas del siglo XXI, el ser humano se puede permitir. A lo que Santiago Ydañez, seguro respondería: pues por eso “pinto”; porque me place.

Y quizás, ahora que lo pienso, esto sea suficiente.

Octubre-Noviembre, 2008
Granada, España.

miércoles, 24 de febrero de 2010

HISTORIAS CRIOLLAS DE UN -negrito- CIMARRÓN [Del Retrato Histórico a Criollo Remix según la obra de Alexis Esquivel]


Alexis Esquivel
Ciudadano del Futuro, 2010
Mixta sobre tela
Cortesía del artista
y Galería La Lisa (Albacete, España)

a Ariel y a Pedro
Ibbae bae en to nu

La obra del artista cubano Alexis Esquivel nace y se desarrolla desde la lógica analítica del Arte de la Vanguardia Cubana de la Generación de los Ochentas, hasta nuestros días; de hecho él mismo comenzó a considerar “su primera obra madura” -a pesar de que fuera todavía “temprana”- las piezas de la serie: “Retratos Históricos” de finales de los ochenta e inicios de los noventa. Hablo aquí de aquella generación artística que fue etiqueta por el crítico y comisario de arte Gerardo Mosquera como el “Nuevo Arte Cubano”, como un fenómeno cultural evidentemente nuevo gracias a que estaba caracterizado por el carácter crítico de la realidad social, la manipulación de la potencialidad de los recursos expresivos de los lenguajes vanguardista del post-minimalismo y el post-povera, la reinterpretación neo-historicista del poder canónico y el saber histórico occidental, y la búsqueda de los cimientos antropológicos de nuestra identidad nacional. Todos estos síntomas pragmáticos combinados, o más bien, batidos como un proceso de sincronización proyectual dentro de la que tuvo vital importancia la política cultural del país, dio una especie de “prototipo de Arte Cubano” del cual tenemos “ejemplares” casi únicos de artistas como José Bedia, Alexis Leyva (más conocido a escala internacional como Kcho), o Carlos Garaicoa. Artistas además muy conectados igualmente con el fenómeno de “bienalización de la cultura occidental” de los últimos veinte años; entre otros detalles programáticos, debido a la “función-escaparate” de la propia Bienal de La Habana, fundada en 1984, y a la cobertura que la misma ofrece como “paraguas protector” del Arte Cubano Actual dentro del contexto internacional.

Inmerso en ese marco o territorio coyuntural, Alexis Esquivel -desde que lo conozco- ha esgrimido una estrategia artística de deslegitimación del discurso del poder; es decir, desde siempre, ha sido un disidente, un bocón, un artista de una crudeza crítica incómoda, molesta, incordiante; quizás porque establece como “sistema vital”, la marginal y/o periférica “lógica del cimarrón”.

En este sentido, tal vez la figura-personaje-arquetipo del “cimarrón” debería de ser estudiada de manera más concienzuda en nuestra cultura; ya que la misma encarna la fuerza renovadora de la desidia y la valentía rebelde de la negación tácita de la esclavitud civilizatoria del yugo colonial de Occidente, mientras escoge “evadirse” de su claustrofóbico destino impuesto en una práctica tangencial de escape del progresionismo . Es decir, disiente con una alternativa vitalista que lo redefine en tanto se redefine su hábitat y status social, des-socializándose, o mejor dicho, des-jerarquizando su status esclavizado en un status de “hombre libre”; y en ese gesto de desarraigo doble (primero sufrió un desarraigo desnaturalizado de su tierra natal, por la transmigratoria “trata negrera”) es el que le aporta, la libertad.

La libertad de Alexis no se ha limitado -entonces- a los temas que trata desde una óptica cuestionadora de su presente, sino también, por su filoso perfil cuestionador de su pasado. El pasado lo libera . En esta dirección, Esquivel es un artista que se adentra en el discurso de la historia -como poder- desde la pericia de un investigador jurídico, como si intentara “hacer justicia histórica” en aquellas aproximaciones en las que ahonda, desde el carisma desacralizador y polisémico del Arte Contemporáneo. Es así como reformula fábulas y leyendas históricas trasmitidas oralmente en obras de un hermético sentido narrativo. O más que hermético, misterioso y codificado, o misterioso por codificado, para ser más precisos.

Llegados a este punto, creemos que la obra de Alexis Esquivel se divide en cuatro etapas, en lo adelante enumeradas.

1.- Retratos Históricos, formada por un conjunto de cerca de una treintena de obras dedicadas a escudriñar en las fragilidades y vulnebilidades de las figuras de la Historia, de finales de 1988-89 hasta la primera mitad de los 90s, cerca de 1995; de esta etapa destacan: Retrato del Ché Guevara, de 1990, Retrato de Camilo Cienfuegos dormido, de 1992, De izquierda a derecha con pancartas, de 1993, El otro viaje de la libertad (Retrato de Pablo Escobar), y La adoración de Los Reyes Magos, ambos de 1995.

2.- Retruécanos Histéricos, de mediados de los 90s, cercana a 1996, año en el que pintó posiblemente el último “retrato histórico”, hablo de Picnic Nacional, hasta el inicio del nuevo milenio, el año 2000; en la que desarrolla una obra esquiva, algo neurótica y multiforme donde comienza a emplearse en instalaciones, performance y obras objetuales, una obra poliédrica que se distancia del facilismo y denosta cierta fatalidad, o amargura , como un extraño dolor existencialista que casualmente también insinúa de modo más reivindicativo sus primeras preocupaciones raciales. De esta etapa destacan: Cuatro maneras de cómo alisar el cabello, de 1996-1997, El día de la independencia, de 1998 -un obra autocitatoria-, la rotunda Autopsia, 1999, o La soga maravillosa, de 1999-2001.

3.- Rehaciendo mapas, iniciada en el nuevo milenio hasta la actualidad, esta es una etapa paralela, o una etapa secundaria deberíamos decir en la Esquivel desde que comenzó a trabajarla no ha abandonado; en la que encontramos obras más interactivas, más relacionales, dijeran algunos colegas críticos, como Anquilosauro y Metropía del año 2003, o entre las que estaría incluida su instalación inédita: Árbol Genealógico, 2005.

4.- Criollo Remix y Nuevas Derivas del Mulato, iniciada en el año 2003, pero que tiene como precedentes primeros a la temprana Black Power (Retrato de Malcom X y Coltrane), de 1988-1989, y Autopsia de 1999, o en la performance Acción Afirmativa de 2003; en esta serie Alexis ahonda de manera directa y obvia en los designios de una cultura tropicalesca fabricada para el turista, es decir, en una cultura pseudos-liberada que para el neo-colono se disfraza. Entre las que destacan: Clase de Rumba, Rumba de clases, de 2003, Emigrante de todos os países unios, de 2004, la versión pictórica de Árbol Genealógico, del 2008, o la más reciente Ríe negro, que ganaste, del 2009.

Podríamos decir, así abiertamente que con esta serie, Alexis regresa al Carnaval más bajtiano, vacunado de Lezama, Carpentier y Sarduy. Recuperando así, la frescura que antes caracterizaba la solidez de su trabajo, mientras desentraña problemáticas comunes a las sociedades mestizas trasatlánticas donde lo afroamericano tiene lugar.

Sólo que en esta última etapa, en la que el artista trabaja actualmente, se combinan los procesos acumulativos de sus investigaciones tanto formales como conceptuales.

La obra de Esquivel se nos vislumbra como una “obra sedentaria”, pero no porque el artista sea vago, sino porque es una obra que se solidifica en tanto se yuxtapone una sobre otra, es una obra de acumulaciones reflexivas sobre el proceso de sedimento y/o formación de la cultura al la que el artista pertenece y en la que el artista convive e interactúa. Es una obra que necesita la pátina del tiempo para que vislumbremos su clarividencia.

Una clarividencia cargada de cierto deje erudito, como bañado de un saber que lo acuna. Será porque es la pintura, la más antigua de todas las Artes (visuales) quien lo salva. Es así, en la Pintura donde Alexis halla su redención, donde dosifica los enunciados de un lenguaje que se manifiesta evolutivamente signado por influencias de artistas como Komar & Melanid, Jörg Immerdorff, Jonathan Borosky, o artistas más próximos al contexto cubano como Luis Cruz Azaceta, Ciro Quintana, Glexis Novoa, o unos de sus mejores amigos y cómplices Pedro Álvarez [e.p.d.], quien le habló por primera vez de Mark Tansey; de quienes heredó la frescura de una Pintura expresiva, veloz, algo grotesca pero inteligente, siempre inteligente; una Pintura que luego -sobre todo tras sus viajes a los Estados Unidos y más que nada a New York, New Jersey y la Costa Oeste, donde conoció la cultura chicana, y el neo-pop californiano- evolucionó hacia una mentalidad o estructura más collage, mucho más próxima quizás a Ray Smith, Manuel Ocampo, Juan Carlos Quintana, o Arturo Duclós; una Pintura más mestiza (quien sabe si más a tono con su mulata piel), una Pintura más procesual, menos directa y analógica, una Pintura más lenta, más -como ya dijimos- “sedimentaria”, densa, algo neobarroca en el despliegue de sus dobleces ocultos, misteriosa -como ya dijimos-; pero su misterio no arremete, no agrede, seduce.

En cambio, la conexión con esa “manera de entender el acto pictórico procesualmente”, también ubica a Alexis en una analítica tendencia revisionista del gesto pictórico, mientras habla de problemáticas identitarias que lo conectan con artistas muy de moda en la rabiosa actualidad como Mickelene Thomas (y sus eróticas bellezas femeninas afroamericanas), o Conrad Botes (y sus dibujos relatadores de un anecdotario racial sudafricano); ambos como Esquivel creadores de una “mitología ancestral africanista marcada por la sangre”; un obra que bien podría ser la respuesta a otro gran artista cubano, que ha desplegado en los últimos años una mitología del exilio -quizás “algo blanquificada”-; hablo de Enrique Martínez Celaya.

A fin de cuentas, cada palabra mía sólo será un idea alrededor de un imaginario que me sobrepasa, así que puedo apostar lo quiera en lo que diga; esa es la libertad de este cimarrón -quien escribe-, ante la libertad de este liberto susurrante que desde cierta actitud chulesca, me recuerda diariamente el sentido de hacer lo que hacemos. Eso… lo que decía, sólo ideas. Por suerte, pensar nos libera. ¿Esperemos?

Granada, España
Diciembre, 2009.

miércoles, 10 de febrero de 2010

PRÓLOGO PARA UNA BIENVENIDA (o algunas escaramuzas verbales acerca de José Luis Serzo)



José Luis Serzo
Apertura, 2009
Óleo sobre tela
Cortesía La Lisa Arte Contemporáneo
Albacete, España.

Por todas partes el barroco vuelve. Pero su forma específica resiste el forzamiento de analogías estrictas. Es otro barroco, otra economía -incluso- del retorno, regulada no ya por la repetición pura -ni siquiera la de la varianza- sino por el desvío, por el accidente, por la anomalía, por la furtiva deriva.

José Luis Brea
Nuevas Estrategias Alegóricas

I
A veces es caprichosa y extraña la percepción del Arte, pues nuestra mente puede jugarnos trastadas, y por muy “entrenados” que estemos en este proceso de disfrutar del propio proceso analítico de lo artístico como un fenómeno bilateral (espectador-obra de arte); en nuestra primera impresión el subconsciente puede remitirnos a los más recónditos recovecos de la memoria, o hurgar allí donde no queríamos que hurgara nadie. Entonces, esta relación dicotómica de la experiencia estética puede ser -en muchos casos-, incluso sorpresivamente, traicionera.

Por ejemplo: cuando encontré por primera vez la obra del joven artista manchego José Luis Serzo (Albacete, España, 1977) en una visita fugaz a Cádiz -ciudad de remembranzas habaneras y viceversa-, de verás creí que las “remembranzas habaneras” estaban apoderándose de mi, y veía “cubanidad” allí donde quiera que miraba.

Es decir; al ver su pintura, al tener mi primera “toma de contacto” con su obra, hecho el cual considero todo un hallazgo hoy día, en este caso, con su multidisciplinar proyecto: LOS SUEÑOS DE I MING, EL PEQUEÑO AMARILLO, en la Sala Rivadavia de la Diputación de Cádiz; recordé algunos derroteros pictóricos cubanos desarrollados a partir de la primera mitad de la década de los noventa.

Porque vi en Serzo sesgos de artistas cubanos de la década de los noventa como Rufino Tamayo y su irónico humor medio rural, o Rubén Álpizar y su pretensiosa solemnidad endogámica neo-narrativa; aquella tendencia que años más tarde Hal Foster denominó “estrategias convencionalistas” del retorno alegórico, releyendo el mismo Foster a Deleuze, y su “pliegue barroco”.

Esta lectura primera de la obra de José Luis, -en verdad- fue un provincianismo sesgado de mi visión del Arte Contemporáneo, porque de pronto caí en una reacción que habitualmente aborrezco y es la de la “limitada auto-refencialidad de nuestras realidades circundantes”, por hacer que Serzo pasara ante mi mirada matizado por comparaciones absurdas, en situaciones extremadamente lejanas al artista, que no tenían ni por qué extraña razón rozarle de cerca. Lo reconozco, fue como una tara, un amargo rencor hacia una tipología artística que en el contexto insular cubano de la década de los noventas además dio grandes frutos, como es el ejemplo de la obra de Pedro Álvarez, Alexis Esquivel, o Douglas Pérez.

Obviando además lo mejor de la “experiencia Serzo”, que es la visión de conjunto que ofrece su trabajo, en la vinculación museográfica de Pintura-Dibujo-Esculturas e Instalaciones, en un environment cerrado que “cuenta una sola historia”. Caí en la facilidad y/o el facilismo de prejuzgarlo bajo mis prejuicios insulares, y con las taras que esos prejuicios habían calado en mi, en vez de observar la valentía de su apuesta por un Arte Neo-narrativo inmerso en medio de un contexto español, contaminado de neo-conceptualismo diletante y reduccionismo post-minimalista.

Es lo que tiene la obra de José Luis Serzo, en un final, no te deja impasible, tienes que tomar partido ante ella, aunque seas binario y la ames o la odies de golpe, no te permite despreciarla ni desde una prejuiciada primera impresión; porque su solidez se impone sobre toda veloz equivocación lectiva.

Fugacidad y certidumbre en ella, sueño sin salida (sueño de un sueño) y certidumbre en él, es éste nuestro barroco que a cualesquiera contrarreformas se niega a rendir más homenaje que al de la duda, que el de la insuficiencia de todo saber y decir -incluido el suyo propio-, que en la duda podría hacer un trono secreta y oportunistamente despótico, lúgubre ideología dominante.

José Luis Brea
Nuevas Estrategias Alegóricas

II
Por suerte, la vida me dio una segunda oportunidad para re-encontrarme con la obra de José Luis. E igualmente descompresioné mi torpeza, cuando recordé que Serzo se formó en los mismos años en los tomaron un protagonismo inusual la obra de Mark Tansey, Ray Smith, Julio Galán o los rusos–ex–soviéticos: Komar & Melanid, e Igor Kopistiansky; “nuevos pintores narrativos” que dinamizaron los esquemas reflexivos en torno a la idea de la Pintura Narrativa, ya que revitalizaron los cimientos de la misma desde la operatividad desbloqueadora de fórmulas encorsetadas o monolíticas: Tansey dialogando sobre la imposibilidad narrativa de la Pintura Representacional y su representación misma, y discursando sobre la controversia Vanguardia y Tradición de un modo ejemplar, Smith y Galán, creando alegóricos microuniversos emocionales donde las narraciones se vinculan a mitologías personales circunscritas a la familiaridad, el amor, el desamor, el sexo, el deseo…; mientras que Komar & Melanid indagaron en los vericuetos ocultos de los laberintos del poder desarrollando una especie de Pintura Cortesana de la Nueva Clase Histórica de la URSS (la Rusia Soviética) y los líderes históricos de la Gran Madre Patria del Comunismo Mundial , a la par que Kopistiansky hizo una re-evaluación de la Pintura Imperial Rusa junto a la Pintura Moderna Europea en réplicas exactas que desenmarcaba del espacio tradicional del cuadro-bastidor para expandirla por los espacios expositivos como si fuese parte del mobiliario.

De ellos, José Luis simplemente entendió que la libertad representacional existe, y que no hay por qué “acomplejarse” ante el virtuosismo resolutivo o ante la posibilidad narrativa de un arte que “cuente historias” en la era de la densidad conceptual, o la tecnológica era post-medial, pues todavía la Pintura, el Dibujo y la Escultura más pura “tiene algo que decir”. Serzo, de ellos, aprendió a dudar.

Así, José Luis Serzo se enfrentó al proceso de crecimiento de su concepción del Arte como sistema partiendo de una pauta muy concreta: ser leído como un artista total y multimediático que crea “proyectos relatos”, “exposiciones-relatos”, “series-relatos”.

Tal vez porque gracias a sus estudios entendió que los formalismos sólo son “usos del lenguaje visual” para expresar relatos que interroguen al espectador, que hurguen en el espectador allí donde éste no quiere que le hurguen. Sólo que José Luis, en vez de escoger el camino más fácil de la obviedad representacional y el efectismo discursivo epatante, escogió la ductilidad de un relato mucho más flexible encerrado en una bola mágica de imaginería personalísima, o sea, en vez de escoger el facilismo de la vida real, escogió la inventiva de una vida irreal, paralela a la realidad, una “vida fabulada”.

Esta claro que el Arte es en definitiva un sistema paralelo de lo real que de lo real habla en múltiples ocasiones, en otras, está claro también, que el arte sólo habla de si mismo, es decir: habla de Arte, endogámico que es. Dentro de los propios lenguajes artísticos muchos senderos se han trillado en torno a la idea de la exploración y/o la explotación de un “uso del lenguaje” como camino de investigación del arte sobre si mismo. En este sentido, la Pintura -y mucho más después del despliegue de las Vanguardias Históricas del Siglo XX- es uno de los lenguajes artísticos (junto con la Escultura) que más y mejor sobre si misma ha trazado innumerables líneas de investigación ideo-estética en infinidad de combinaciones resultantes.

Sabiendo esto, José Luis Serzo se enfrenta a la Pintura con la ligereza de quien se enfrenta a un plato de comida que debe devorar, mientras analiza, disfruta y escruta sus más misteriosos ingredientes, como intentando descubrir su receta, su esencia, su estructura y su proceso de hechura, o su cocción.

Quizás proliferaran en breve plazo multiplicidad de discursos que buscarán atravesar otros alumbramientos de nuestro neobarroco –y es posible que lo hagan con otro éxito, organizando mejor su vulgata, localizando tópicos más sencillos, más fácilmente caracterizables: la opulencia de las sociedades de la comunicación, la saturación de las escenas del discurso, la multiplicación de las estrategias de simulación, el triunfo del artificio, la cultura del hiperconsumo y la sobreabundancia, el mismo desvanecimiento de una perspectiva temporalizada -el fin de historia, dicen- de nuestro existir… En todo caso, bienvenidas [sean], por anticipado, sus iluminaciones.

José Luis Brea
Nuevas Estrategias Alegóricas

III
El destello de ese conocimiento de lo que es en sí el acto y el gesto pictórico fue el motivo que me hizo detenerme en mi segundo encuentro con la obra de Serzo, al percibir, a ciencia cierta, la presencia de esa sabiduría que bien podría definirse como “antigua o asentada”, aún cuando resultase -en apariencias- “algo convencionalista”. Tal vez por esta extraña razón José Luis creo que simula estar más cercano incluso que a estos autores de la segunda mitad del Siglo XX, antes mencionados, a dos artistas claves dentro de la tradición de la ilustración americana, hablo de Norman Rockwell y Joseph Christian Leyendecker, de los cuales, está más identificado aún con Rockwell por su ironía burlesca, más que con la elegancia amanerada de JCL; pero lo que sí está claro es que de ambos, se siente un continuador de fabulaciones.

Entonces desde aquí, desde esta “capacidad de fabular”, José Luis Serzo nos entrega uno de sus proyectos más ambiciosos: THEWELCOME (literalmente LABIENVENIDA). En palabras del propio artista: una búsqueda de afectividad emocional ante la proliferación de la anti-estética del feísmo como condición natural de la vida contemporánea. Un proyecto cargado de “positividad maravillosa” (de hecho JLS habla del “Regreso de la Maravilla”, de algún modo intuyo que homenajeando a Alicia y su extraño país extraviado en la imaginación, escrita por Lewis Carrol, e ilustrada por Sir John Tenniel, otro utopista burlón de quien creo deudor), donde frente a nuestra mirada una galería de retratos de “personajes iluminados” llegan a nosotros para contarnos la revelación de una íntima verdad:
Todos podemos alcanzar la felicidad, la cuestión está en saber donde hallarla; cuando encontramos el modo de hallarla, aún cuando no hayamos llegado a la felicidad en sí, ya estamos a la puerta de nuestro THEWELCOME. Ese es el umbral.

Sobre esta conclusión que parece tan simple, pero que está plagada del arrojo de las más sofisticadas lecturas y de la conciencian más profunda y radical de la ontología del hombre occidental; habla THEWELCOME, la respuesta de un hombre que esta vez intenta escapar de la torpeza de su circunstancia, vaciadora de sentidos, esta circunstancia que no propina nada más que golpes… atropellos, accidentes; igualmente nos puede aportar “iluminaciones” como dijera Brea, “hallazgos de verdad”, …Serzo, sólo nos indica que de lo único que tenemos que ser conscientes es de ese “hallazgo de la verdad”, no importa poseerla, sólo debemos “hallarla”, sostenerla en la fugacidad de un rayo de luz, como un alumbramiento, eso es THEWELCOME.

Alrededor de esta idea, THEWELCOME se estructura como “la suma de todos nuestros deseos”, cayendo sobre nosotros como un agua bautismal, como un toque divino, mágico, como una limpieza y/o depuración espiritual que nos sanea, nos da fe en la existencia humana, en la constancia de la bondad humana, prevaleciendo al mal; un triunfo que el Arte desvela como revelación ante el espectador gracias a la inventiva documentadora de este manchego que más que creador se nos vislumbra como un gran utopista que pretende limpiar de asperezas el presente de nuestra existencia; por la gracia del Arte.

Bajo la firmeza de quien cree -fervientemente- que el Arte puede sanear a las personas, que el Arte puede despojarla de sus andrajos, de sus penurias, de sus dolores, de sus inseguridades y de sus miedos; para que encuentren su THEWELCOME, su “toque de lo sagrado”, su “roce perfecto de la felicidad”… allí donde la naturaleza humana se hace más tácita, palpable y cotidiana. Una sacralización de lo cotidiano que coloca a Serzo en una situación privilegiada frente a los artistas de su generación, que lo general la critican -a la cotidianidad- desde la vulgarización de sus defectos, y no por la apología de sus virtudes; un afán -el de José Luis- por la familiaridad que lo desconecta también de sus coetáneos, que lo distingue de su tristeza y su amargura, se distingue gracias a su risa, su sentido del humor, su optimismo.

Como si José Luis Serzo propusiera una especie de “Arte Terapia” a través de su obra que facilitara la sonrisa allí donde fuera, THEWELCOME, pretende documentar esta utopía, en una pintura algo tremendista, quizás preñada de giros neobarrocos, manierísticos y seductores; pero igualmente preñada de una heroica fantasía grandilocuente que engrandece los mínimos gestos de lo diario; dulcificando la existencia del hombre común ; dotándola de Amor. Un amor que -a propósito- sobrepasa los límites de la cristiandad, o la dogmatizada religiosidad de nuestros días; una fe que apuesta por la real pureza de espíritu.

En definitiva, una obra que me hace sentir bien y me proporciona cierto estado de ánimo entusiasta, festivo, jovial… esperanzador, y me hace compartir la experiencia de la felicidad posible como dijera otro artista multifacético -en este caso, de la música de más rabiosa actualidad anglosajona-, el productor, letrista y vocalista de los The Black Eyed Peas, el controversial y también utopista: Will I Am… cuando nos canta: “I gotta feeling, that tonight's gonna be a good night…”

Como dijera Lezama haciendo de su obra un “eterno potens dador”…

O sea, gracias… José Luis.


Granada, España
Octubre-Diciembre, 2009

jueves, 21 de enero de 2010

Foto con mi madre en La Habana



De mi viaje a La Habana, este fue uno de los momentos más felices.
FELIZ AÑO NUEVO, según la Letra del año de los yorubas
un año gobernado por Obbatalá (mi Padre)
ASHÉ

viernes, 18 de diciembre de 2009

PILAR + AMADA: UNA BOCANADA DE AIRE (VIDEOART SCREENING)



Pilar + Amada
Espacio en Blanco, 2009
Intervención Pública
Cortesía de las artistas

Primera muestra de su obra videográfica -documento de sus intervenciones- como colectivo, una bocanada de aire es una exhibición donde podremos apreciar la obra de las artistas Pilar + Amada, dos jóvenes creadoras y activistas medioambientales, que se conectan directamente con la tradición vanguardista posterior a los años sesenta de creadores post-conceptuales; concentrados en manifestar desde sus estudios socioculturales -y desde su Arte- el cómo el medio ambiente está cambiando a nuestro alrededor por culpa del desarrollismo humano.
Una tipología artística que años más tarde, hemos etiquetado como Arte Ecológico, o Neo-LandArt. En esta tendencia “accionista”, que es como deberíamos de entenderla, las investigaciones estéticas de los artistas que escogen este camino, por lo general, se despliegan en “pequeñas acciones” donde lo importante es la huella, el ritmo mediante el cual la obra se fabrica en el proceso de su hechura, una hechura que por normativa acude al paso del tiempo, al deterioro, al desgaste de la evolución del devenir.
En cambio, sin ser precisamente catastrofistas pero sí muy críticas en su planteamiento: Pilar + Amada esbozan en medio de tanto decorativismo barato… una bocanada de aire fresco -todavía utopista, pero nada ingenuo- en el universo del Arte Actual; ellas desactivan frecuencias obsoletas del sistema y activan nuevas fórmulas relacionales de la experiencia artística, donde sujeto y predicado intentan vivir equilibradamente, inmersos en una posible sociedad mejor... quizás como futurible anhelado.

Granada, España
Noviembre, 2009.

Emilio Luis Fernández: VIVIENDO EN EL LABERINTO



Emilio Luis Fernández
Esencias de Papel, 2009
Dibujos
Cortesía del artista

Todos tenemos limitaciones, sólo que algunos las reconocemos; puede que esto suceda porque -incluso- no las conozcamos. El lenguaje artístico siempre inteta quebrar esas limitaciones. Una pintura no habla, no chilla, no grita, no susurra… al menos, no lo hace literalmente. Un dibujo tampoco se eriza, pincha, hinca, hiere… ¿o quizás sí? El arte constantemente está procurando violentar esas barreras que frenan nuestras utopías lingüísticas, nuestras trabas, nuestros lastres, nuestro laberintos, nuestro muros, nuestras verjas cercenando el paisaje que no nos deja ir más allá. De cómo romper esos límites en una intencionalidad introspectiva, va la obra sobre todo dibujística del joven artista granadino E.Luis Fernández, de esto de y como todos somos una especie diversa de Minotauro obsesivo, caprichoso y tenaz… y que el Arte puede ser nuestra Ariadna y su hilo que nos saque de nuestros laberintos. El Arte y el deseo, o viceversa.

OUTING… (SALIENDO AFUERA)



Marlon de Azambuja
Potencial Escultórico, 2009
Cortesía del Artista

Este es un proyecto articulado sobre la idea de cómo nos interrelacionamos en las arquitecturas y paisajes urbanos en la contemporaneidad occidental, marcados por la mirada, la seducción y el absurdo, o en contraposición, la incognita y la pregunta… la reflexión casi ontológica de lo vivido; para ello hemos invitado a seis artistas: el canario Francis Naranjo, el riojano Héctor Bermejo, el brasileño Marlon de Azambuja, el cordobés Jesús Pedraza, el dúo de artistas: Pilar & Amada (jienense y murciana), y el DJ y artista del Graffitti granadino CALAGAD13. Todos ellos, artistas que han planteado políticas de intervenciones urbanas mínimas -exceptuando los impactantes y coloristas graffittis abtsractos de CALAGAD13- que poetizaran los espacios allí donde el arte establecerá un diálogo activo con el contexto donde estará anclado. Unas veces únicamente cambiando nuestra percepción cromática de la luz, otras desde la relectura poética de una pregunta y/o una invitación a la lectura, otras redibujando el espacio vacío, otras… obtaculizando la geografía de nuestro entorno para saturarla de una nueva espacialidad escultórico-objetual. En esta oportunidad, abriendo los nexos sensoriales y emotivos de la experiencia del Arte… hacia una priviligeada territorialidad callejera, que bien recuerda la velocidad existencial de nuestro acontecer.



CALAGAD13 (Aitor Pereira)
Cortesía del Artista

ARTISTAS:

CALAGAD13
PILAR & AMADA
HÉCTOR BERMEJO
MARLON DE AZAMBUJA
FRANCIS NARANJO